Ir a ver el otoño
Mis tíos lo llaman ir a ver el otoño. Como si el otoño fuera un primo del pueblo y al que se va visitar porque casi no se deja ver por la capital. En realidad, razón no les falta. En Madrid, el otoño llega a ráfagas; algunos días se le siente en el viento que se levanta por las tardes, en la tarde que se hace noche de repente, en alguna gabardina que se deja ver por las calles, pero no es una cosa homogénea, que afecte a todo ni a todos. En el pueblo entra por el norte y se asienta sobre los valles, cubre las lomas doradas y flanquea el río en fila de a uno. Sube por las calles empedradas, pasea entre los soportales y se cuela en cada casa por el quicio de la puerta. Cuando llega el otoño se sabe en la espadaña de la iglesia, en la fuente de la plaza, los saben las grajillas y el perro del pastor. Los campos le saludan con moras al borde del camino, con suelos cubiertos de castañas y hojas secas, con níscalos asomando entre la hierba de las vaguadas más umbrías.

Para presenciar el espectáculo, en un día específico del calendario, siempre variable de un año a otro, ha de viajarse hasta Brihuega en la provincia de Guadalajara. La fecha debe ser cuidadosamente elegida para que el otoño esté en pleno apogeo, más pronto nos encontraríamos con los árboles verdes y el sustrato sediento del verano, más tarde sólo quedarían ramas sin hojas y un paisaje escarchado, esperando silenciosamente el invierno sin nada que perder.
Una vez allí se puede visitar al agricultor apostado en la esquina de la calle mayor y hacer acopio de kilos de hortalizas que saben a otra época. En las calles laterales se puede comprar miel y queso, una hogaza de leña, algún embutido. Una vez en la plaza es recomendable sentarse en los escalones, subir la nariz hacia el sol de mediodía y recargar un poco de luz mientras pensamos que el invierno será largo. Los balcones de la izquierda todavía tendrán geranios hermosos. Un viejecillo con bastón nos advertirá de que la farola no está fija y se balancea con el viento. La señora del mandil y las alpargatas saldrá a lavar unos cachivaches metálicos en la fuente un poco antes de la hora de la comida. Al acabar, haremos la digestión con la panorámica del valle. Detrás de nosotros, unos jubilados echarán la tarde conversando en la colina con las mejores vistas.

De vuelta hacia Madrid, veremos las riberas amarillas corriendo al lado del coche, los campos de cultivo, un pueblo encaramado en lo alto de una loma. El sol se irá poniendo al pasar Guadalajara y, avanzando por la Nacional-2, encontraremos la noche y Madrid al mismo tiempo. Ese día dormiremos a pierna suelta y se agradecerá una manta de más. A eso, mis tíos lo llaman ir a ver el otoño.

En un minuto
Esta noche, en una ceremonia de lo más solemne en La Casa Encendida, Pablo Sánchez, estudiante de comunicación audiovisual, creativo entusiasta de nacimiento y, a la postre, mi hermano, ha ganado junto a otros compañeros el VII Festival Internacional de Televisión sobre Vidas y Ecologías Urbanas, en la categoría de videominuto. Con un minuto les ha bastado para mandar su mensaje.
“1700″ es un ojo escondido en medio de Madrid, que ve pasar miles de vidas apresuradas, pasos trazando recorridos conocidos en direcciones siempre repetidas. Es una mirada pausada en medio del caos y el anonimato. Hay tanto movimiento, tanto tránsito, tantos caminos cruzándose. Hay tanto que no vemos. Hasta el momento en el que la música se detiene, la imagen se congela y lo único que se mueve, al fondo, es la discreta figura de un mendigo avanzando despacio sin dirección precisa. Entonces entendemos que para distinguir lo humano en medio de la maraña incomprensible de la ciudad se requiere algo más que una mirada rápida.

Felicidades Pablo.
Marruecos
Tras un breve paseo por el vecino del sur queda alguna memoria reseñable…

El fotógrafo
En la habitación hay libros hasta el techo, cachivaches variopintos apilados en la esquina y restos de lo que en su día fue un laboratorio de fotografía. En aquel tiempo no tan lejano, tan sólo la luz roja de un flexo permitía distinguir los contornos de las cosas, los grises de las imágenes apareciendo en el revelador. Al final de jornadas maratonianas con olor a vinagre se acabarían lavando las fotos en la ducha y secándose toda la noche sobre un papel de filtro. Ahora que lo digital se lleva más y son pocos los que se molestan en andar con oscuridades, la pantalla de 20 pulgadas sobre la mesa hace las veces de laboratorio. Sentado en la silla, el fotógrafo juguetea con luces y enfoques a golpe de ratón, como antes hacía con la ampliadora y los líquidos. Para hacer lo mismo de siempre: coleccionar memorias. Con la misma sutileza de antaño y renovados medios, el Viajero Austral ha vuelto con un nuevo blog para seguir mirando a través de su ojo más afilado. Habrá que seguirlo de cerca.


El descampado
El descampado es un sujeto olvidado, un elemento que pasa desapercibido en la geografía urbana, condenado por su dualidad a estar siempre en medio como el jueves. Qué historia más triste la suya.
Se presenta ante nosotros con vocación de ser algo que no es. Sin saber bien si se trata de un espacio de campo venido a menos, un fragmento de ciudad que dejó de serlo, o algo intermedio, en una fase de permanente transición.
En una primera aproximación al descampado nos llama la atención su parecido lejano al campo de toda la vida pero intuimos que no lo es. Hay basura, latas de cocacola, rodadas de camiones, algún electrodoméstico viejo, en fin, una suerte de desprópositos. Las plantas que encontramos (pajitas, arbusto, cardillo bajo) están sucias y parecen cuerpos inertes. Por tanto, sin miedo al desatino, concluimos que de campo no se trata. Entonces nos preguntamos si será acaso ciudad. Ese terrenito baldío entre fincas, esas explanadas de tierra entre centros comerciales. Pero por desgracia, tras una breve inspección desechamos la idea. Encontramos los restos de algún intento no fructífero de edificación pero nada es habitable, no hay mobiliario público que destrozar cuando gana nuestro equipo la Copa ni se cataloga dentro de los espacios verdes urbanos. Pudo haber sido ciudad anteriormente pero ya no lo es. Qué se le va a hacer. Aunque debe precisarse que por alguno de estos descampados sobre los que ahora discutimos, particularmente aquellos con localizaciones céntricas, se han librado batallas de alto nivel entre constructoras, especuladores desalmados y políticos de baja calaña. Pero la lucha no se libra por el descampado en sí, es más bien su potencialidad lo que atrae. Nadie aprecia el descampado como el espacio inclasificable que es en el presente. Tal vez sólo los niños que juegan al fútbol por la tarde (ya no se juega a las chapas como antaño). Aunque ellos poco influyen en los círculos de poder. Quizás aquellos amantes furtivos que habitan la noche. Pero estos nunca reconocerían sus oscuras preferencias.
Dicho todo esto nos habremos percatado de la difícil existencia de los descampados. Parece que nadie los quiere como son. Y ya bastante tienen ellos con su síndrome bipolar. Sin embargo, esta historia tiene final feliz, se puede llevar al cine. Los habitantes de la ciudad nos hemos acostumbrado tanto al descampado que en el fondo lo queremos. No es un amor explícito en su conjunto sino que se delata tímidamente con los hechos. Es un amor esquivo, de adolescente, pero existe. Véase el ejemplo de una familia española de las de toda la vida, los García pongamos, que se disponen a disfrutar de la jornada dominical en el campo (el de verdad, no confundamos). Desesperados por huir de la ciudad cada fin de semana, pero también en cierto modo añorantes, se hacen acompañar de una considerable parafernalia de cachivaches, y en un mayúsculo ejercicio de urbanización, convierten el campo, transitoriamente, en ciudad. Apréciese la ironía del asunto. Salimos al campo, pero ese caos agreste de árboles y ríos y naturaleza incontrolada nos provoca desasosiego. Ahí tenemos pues a los García con siete sillas plegables, un par de mesas camilla, cantidades ingentes de tarteras con tortilla de patatas, ensalada campera y filetes empanados, el termo del café, una discreta televisión portátil, sombrillas por si acaso sale el sol, una carpa de plástico por si acaso llueve, un par de neveras cargadas de refrescos para los niños y cerveza para los mayores, el abuelo en camiseta de tirantes, el transistor del abuelo en camiseta de tirantes, el canario. Tras disponer todo en su orden específico aquello ya va teniendo mejor pinta. El día transcurre amablemente entre la comilona y la posterior siesta hasta que llega el momento de volver. De manera inversa a lo sucedido anteriormente se guardan en la furgoneta los archiperres, siempre teniendo cuidado de meter al abuelo en último lugar que sino se aplasta. Quedan detrás los restos de la edificación dominical. Bolsas de basura, el aceite de la ensalada, alguna servilleta que se voló, los parches de hierba arrancada por la sobrina que es un poco nerviosa ella, o los que quemó su hermano con el zippo del abuelo, las marcas a navaja de amor adolescente en la corteza del pino, algún plato de plástico, un pañal. El campo que fue convertido en ciudad, a su abandono, queda como descampado. Este es nuestro pequeño homenaje.
Defendamos la esencia única y la singularidad del descampado. Cuando la ciudad nos estresa y nos hace sentir diminutos, como hormigas anónimas. Cuando el campo nos resulta demasiado salvaje y precisamos algún elemento de civilización en medio de aquel caos. Ahí está el descampado. Ocupando un lugar necesario e imprescindible.
El Cuaderno
Ese cuaderno había nacido para la gloria. Al verlo en el escaparate de aquella librería supe que no se trataba de un cuaderno cualquiera. Todo estaba preparado para acoger una obra maestra: las firmes tapas grises, sus dimensiones reducidas y suficientes, su tacto amable, ese papel amarillento que recuerda a un pasado de tintero y luz de quinqué. Resultaba obvio para cualquier ojo que aquel cuaderno albergaría la prosa más exquisita, versos sobre las grandes cuestiones humanas, ensayos que arrojarían luz sobre los principales dilemas morales. Me apresuré a pagarlo (debo admitir que con cierta sorna por el reducido precio de tan valioso ejemplar) y salí de la librería con paso alegre. De camino a casa pensaba en lúcidas metáforas, elementos realistas, fantasías cotidianas, reflexiones, ironía, análisis, originalidad. Todo se encontraría combinado en la proporción adecuada. Las frases se vertebrarían con palabras en perfecto orden y concierto, encontrándose cada una en equilibrio con el resto, ocupando su lugar natural. Y con todo, se daría forma a un texto homogéneo, de verbalidad milimétrica y lectura reveladora. Sería un auténtico referente generacional.
En un ejercicio de previsión comencé a adelantar los trámites de publicación de la incipiente obra maestra. Ya que no me suelo mover por los círculos editoriales recurrí a una búsqueda en Google para encontrar el contacto de un agente. Concertamos una cita en el centro de Madrid y hablamos del texto que estaba a punto de nacer. Le hablé acerca de las palabras en perfecto orden y equilibrio, de las lúcidas metáforas, de las fantasías cotidianas y la verbalidad milimétrica. Quedó convencido y brindamos con el café de la tarde por nuestro acuerdo de publicación. La tirada inicial sería de 100,000 ejemplares. Eso para empezar, me dijo. No eran demasiados para mi gusto, quizás un par de millones hubiera sido un número más adecuado, quizás traducciones al inglés y al francés me hubieran parecido mas coherentes con la mayúscula trascendencia que se esperaba de la obra, pero acepté con la confianza de que el tiempo me daría la razón.
Con la burocracia resuelta me lancé a escribir con la inevitable sensación de llevar a cabo una misión superflua. La predisposición del cuaderno a hacer historia era tan clara que abordé la escritura con desenfado y seguridad, como el mero trámite del que se trataba. Pero desde que la primera palabra quedó grabada en el papel dejé de escuchar aquellos cantos de sirena. En dos meses, con el cuaderno cerca del final, no se atisbaba el menor indicio de perfección en ninguna de sus páginas. Me pasaba noches en vela preguntándome qué fallaba y sólo llegaba a una conclusión: El cuaderno, es el cuaderno. Aún así me inquietaba la posibilidad de haber procedido incorrectamente en alguna fase del camino que separaba al cuaderno de la gloria, debía encontrar el fallo logístico que me alejaba de su genialidad.
Pensé en utilizar como referencia la forma de abordar la escritura de los grandes literatos e identifiqué mi falta de elementos fetichistas como responsable del fracaso. A partir de ese momento, antes de retomar la escritura dedicaba un par de horas a un elaborado compendio de manías inspiradas por algunos de los mas influyentes escritores. Me aseguraba de cerrar con pestillo la puerta para evitar la irritante posibilidad de la interrupción, colocaba los lápices en orden creciente de tamaño y gradación ascendente de color para eliminar los elementos entrópicos de mi entorno, me vestía con traje y corbata para contribuir con una refinada apariencia a la elegancia del texto, escribía un máximo de 1000 palabras al día que contaba en voz alta al acabar, fumaba en pipa. Pero nada cambió, el cuaderno estaba aún más cerca del final y ni rastro de perfección.
Recordé que los grandes genios no sólo tienen costumbres irracionales sino que suelen ser personajes turbados. Así, me empecé a aislar de la sociedad y a perder conciencia de las normas sociales. Dejé de cortarme el pelo y afeitarme, me duchaba una vez al mes a regañadientes y normalmente motivado por quejas de los vecinos, me entregué a la contemplación de la miseria humana, a beber ginebra desde el desayuno y a vivir en un estado de semi-inconsciencia permanente por el consumo de marihuana. Pero nada de esto pareció ayudar al proceso creativo. Cada mañana de resaca y hastío era absolutamente incapaz de descifrar una mísera línea de lo escrito la noche anterior. Había conseguido acabar el cuaderno y desarrollar un principio de cirrosis. De la perfección no se sabía nada. A estas alturas la impaciencia de mi editor se multiplicaba y aumentaban sus inquisiciones. El cuaderno, es el cuaderno, me defendía.
Un día después de darle muchas vueltas decidí que la imitación de los grandes escritores tan sólo limitaba mi originalidad. Y una obra maestra debía ser ante todo original. Debía crear mi propia voz, mi propio estilo. Debía deshacerme de las constricciones de la escritura convencional. La primera idea que se me ocurrió fue rellenar los márgenes del cuaderno con más palabras. Creía en el elemento innovador de escribir en forma de cuadrado, un argumento que se cierra en el mismo punto que empezó. Pero no hubo cambio evidente. Traté también de escribir en los cantos. Palabras que se desmenuzarían al abrir el cuaderno y se recompondrían al cerrarlo. Pero tampoco pareció influir lo más mínimo en la calidad de los textos. Así, llegué a proponer otra alternativa: ocuparía el interlineado del cuaderno escribiendo de derecha a izquierda como los árabes, desafiando las leyes de lectura, llevando la mente a un nivel más allá. Desafortunadamente, la costosa interpretación posterior arrojó las mismas conclusiones que la escritura de toda la vida. Al final decidí que el lenguaje era el elemento ortodoxo que destruía la creatividad y, en un intento desesperado, comencé a sobrescribir aquellos pobres textos que ocupaban márgenes, cantos, líneas e interlineados con palabras en una lengua inventada. La fusión de lo antiguo y lo nuevo, pensaba, entre la vieja lengua castellana y una recién nacida sería revolucionario. Utilicé caracteres cirílicos y latinos, números indios, raíces del esperanto y terminaciones del sánscrito. Desquiciado y exhausto al término de semejante esfuerzo ni siquiera fui capaz de encontrar sentido a toda aquella amalgama emborronada de palabras incomprensibles. En este punto tuve que aceptar con resignación que el Olimpo de la literatura siguiera esperando.
Debo reconocer que aquellos meses fueron agotadores y aún me intento recuperar de las secuelas, pero si algo estaba claro era mi papel de víctima en aquel entuerto. Nadie podría negar que hubiera agotado todas las posibilidades existentes, todas las modalidades de escritura, convencionales y heterodoxas, hasta llegar a límites insospechados. Disponía de total autoridad para afirmar que aquel cuaderno era defectuoso. Con estas pruebas como argumentos demoledores sería sencillo justificar el retraso a mi editor y, aún más importante, la devolución del cuaderno a su vendedor. Sin embargo mi asombro sólo iría en aumento cuando el energúmeno de la librería se negó a devolverme el dinero por no hablar de la compensación que solicité en concepto de daños y perjuicios. Mientras me echaba de la tienda a base de insultos le intenté explicar la engañosa seducción de un cuaderno inmaculado que asegura lúcidas metáforas, reflexión e ironía en justa proporción, verbalidad milimétrica. Pero su reacción fue aún más violenta. Mi editor, que es un caballero mucho más educado, se hizo oír a través de su abogado que me presentaba una demanda por incumplimiento de contrato.
Rodeado de tanta intransigencia e injusticia me lancé a deambular bajo la lluvia de la ciudad, solo, sin cuaderno, sin editor, sin lugar en la historia de la literatura. En un momento decidí resguardarme bajo unos soportales y descubrí una antigua librería que no me era familiar. En su escaparate mostraban viejos volúmenes de Episodios Nacionales, la primera edición de La Celestina, un Quijote de bolsillo. Cuando iba a reemprender la marcha me pareció ver al fondo de la estantería un cuaderno fuera de lo normal, con tapas de negro satinado y un cristal de cuarzo incrustado en la portada. Me decidí a entrar. De la posterior inspección de sus páginas, de su tacto amable y de sus dimensiones reducidas pero suficientes extraje la inequívoca conclusión de que ese cuaderno había nacido para la gloria.
Epílogo a un viaje inconcluso
“Viajar no implica necesariamente un traslado. Es más bien una predisposición.”
Fernando Savater
Recuerdo los meses del movimiento. Aquellos días dinámicos en los que el cambio continuo de paisaje se convirtió en algo adictivo. La imprevisibilidad marcaba el tempo, las cosas no estaban planeadas, todo surgía sin previo aviso delante de nuestros ojos. De esta manera, el orden que se establecía en un momento se alteraba en el siguiente. Lo distinto, lo nuevo, sorprendía a los ojos y revolvía las tripas. Así fue durante algún tiempo. Hasta el día en que tocó parar. Sin embargo, cada vez parece más claro que en los viajes nunca se escriben puntos y aparte…
Los finales de viaje suelen llegar en forma de traslado al aeropuerto, ya sea en Delhi o en Quito. Y por mucho que se los espere, no hay antemanos que valgan. Las despedidas siempre te pillan por la espalda y desprevenido. Porque de aquí a allí, desde una realidad a otra totalmente opuesta, sólo hay unas horas de distancia. No hay tiempo para la adaptación. En el avión ya te hablan en dos idiomas y te ofrecen dos menús distintos forzándote a escoger, a afrontar la dicotomía del que se encuentra suspendido entre dos lugares sin solución de continuidad. ¿Tomará Hariyali kofta o fish and chips?. Señorita azafata, déjeme en paz con mis contradicciones, por favor.
Cada vez recuerdo más La India. Quizás sea por el empacho de imágenes y el exceso de impresiones. Por no poder ser más que un mero observador del inalterable caos que se desenvuelve, a una velocidad de vértigo, delante de tus ojos. En estas circunstancias, apenas se puede asimilar lo uno cuando ya ocurre lo otro y lo de más allá. La India te sacude con violencia, te pone cabeza abajo y de tus bolsillos caen conceptos establecidos, leyes absolutas. Haciéndose añicos contra el suelo.
A Sudamérica fui buscando lo común y choqué con la diferencia. Pueblos hermanos, pensaba. Y me dí cuenta de que esto sólo es palabrería de políticos. Recibí con entusiasmo lo que nos diferenciaba, lo auténtico, y me apené por las coincidencias, por la dudosa herencia de los que vinieron de Ultramar. Sin embargo, en ciudades con un aire a Lisboa en las faldas de los Andes, en representaciones híbridas entre lo católico y lo mágico, se ve la mezcla, ya indisoluble, de lo que había allí y de lo que llegó. Se ve a esta tierra que necesita reconocer su condición mestiza y aceptarla como símbolo de identidad. Confusa, eso si, pero integradora.
Santayana decía que el viaje es una metáfora de la vida: Cuando nacemos, cuando viajamos, llegamos solos, a un lugar ajeno donde no conocemos nada ni nadie. Se viaja para nacer más de una vez. Y en esa adaptación al nuevo entorno, en el sentirse desprotegido y desubicado, y también en la excitación por descubrimiento constante, se pone en cierto riesgo la idea de uno mismo. Precísamente ahí se encuentra la verdadera esencia de los viajes. Para luego volver, igual pero distinto, sin llegar completamente y nunca irse del todo.
“Viajar con esperanza es mejor que llegar”
Proverbio japonés
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Aquella noche mataron al cartero
Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales.
Gabriel García Márquez, 1996.
Mirando a Colombia se ve a Latinoamérica en su conjunto, con su falta de concordia y sus conflictos enquistados, se ve la ausencia de identidad de un país, de un continente, que crearon desde arriba, desde fuera. Inestable, esquizofrénico, irreconciliable. Desde hace muchos años Colombia se rasga por las costuras de su fundación en una guerra eterna donde sólo hay dos bandos, los que cogen las armas y los que no. Guerrilla, paramilitares y ejército están en uno. En el otro, los muertos, los secuestrados; el pueblo. Han nacido nuevas generaciones dentro de La Violencia que nada saben de historia. Que no comprenden el porqué de todo esto. Y sólo saben disparar.
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Era una de esas tardes tropicales de sol tímido entre nubes de tormenta. Aquel era nuestro último día en Colombia después de haber viajado en dirección sur durante dos semanas desde Cali hasta la región más meridional y amazónica, el Putumayo. Paseamos por la Vereda de Tamabioy hasta que un hombre nos detiene con gesto sonriente al lado del camino lleno de charcos. ¿Les puedo hablar?. Aquella conversación fortuita dibujaría las sombras del país que abandonábamos.
El hombre de mediana edad y rostro moreno que teníamos ante nosotros era el sacerdote Campo Elías de la Cruz, un hombre modesto de fuertes convicciones sociales con una historia digna de ser contada. Todo comenzó cuando le pregunté sobre la situación en Colombia. Mal, muy mal, respondió. Y acto seguido comenzó con su relato.
Desde 1998 hasta 2001 el padre Campo estuvo destinado en Puerto Asís, en el Bajo Putumayo, una de las regiones más castigadas por el conflicto armado. Allí donde el enfrentamiento entre guerrilla y paramilitares alcanza cotas de violencia extrema. Y donde los ánimos de venganza se mezclan con un duelo constante por los muchos que se quedaron en el camino. En estas condiciones, un párroco -una persona por extensión- se convierte irremediablemente en actor del conflicto. La confesión, la misa de ocho y el sermón de los domingos adquieren una dimensión distinta cuando se ve a un pueblo desangrarse lentamente entre los bancos de la iglesia.
Al caer el sol las calles de Puerto Asís eran tierra de nadie. Los paramilitares barrían la noche con una violencia desmedida. Todo era un juego de revanchas y advertencias en forma de muertos. El padre Campo y otros dos párrocos solían dormir en el campanario, el único lugar que parecía seguro. La gente gritaba y pedía auxilio a la puerta de la iglesia. En ocasiones abrían el gran portón durante escasos segundos para servir de refugio a la huida. Pero siempre había que cerrar al instante dejando a muchos al desamparo en la oscuridad.
La situación fue empeorando. Los muertos crecían a diario y el inmovilismo -el silencio a cambio de la vida- hacía retorcerse por dentro a Campo Elías. Una noche más, unos muertos más, otro día de duelo. Y contando. Pero una noche que podía haber sido otra cualquiera, la venganza se cebó de lleno en los nada tienen que ver con las balas. Desde el campanario Campo Elías oyó como alguien gritaba su nombre en busca de ayuda. ¿Pero qué podía hacer yo?, sólo en la oscuridad. Se oyeron más tiros de lo normal, luego llegó la calma al amanecer.
Con las primeras luces el párroco acompañó a las familias a la morgue. Y encontró siete cadáveres de siete hombres del pueblo con nombres y apellidos. Siete cadáveres de siete civiles que nunca habían empuñado un arma disfrazados de guerrilleros de las FARC. Y tomó dos fotos dispuesto a denunciar, como nunca nadie había hecho antes. Ese sería el principio del fin de sus días en Puerto Asís.
Aquella fatídica noche los paramilitares habían matado al cartero, habían matado a campesinos, y en las noticias nacionales se proclamaba el éxito de haber acabado con siete guerrilleros en el Bajo Putumayo.
Sólo la rabia de los familiares pudo sacar a Campo Elías de la morgue aquella mañana. Al día siguiente, en la iglesia apareció un sobre que contenía un papel en blanco lleno de cruces. Nadie que hubiera recibido esa carta en el pasado estaba todavía en Puerto Asís para contarlo. Así reunió a todos los que le acompañaban para darles la opción de salir de allí antes de que sucediera lo inevitable. Pero pocos aceptaron.
El día del funeral llegaron todas las televisiones nacionales a llamada del párroco. Y con ellas también llegó el ejército. Desde el púlpito Campo Elías pronunció un discurso dirigido al presidente de la República, acusándolo directamente del asesinatos de siete hombres inocentes en Puerto Asís. Al término de la misa el ejército se desplegó por la iglesia. La tensión de los asistentes se quedó en resignación silenciosa. Un par de militares armados entraron en la sacristía y amenazaron de muerte al párroco.
En Colombia la sangre no significa nada. Y las amenazas nunca se quedan sólo en eso. A los pocos días del funeral, el padre Alcides se disponía a empezar la homilía de las seis en una iglesia cercana. A las seis y cuarto yacía muerto sobre el altar. Dos hombres en moto lo habían acribillado a balazos. El primer disparo atravesó el cáliz entre las manos del cura, los siguientes fueron certeros. Era un buen amigo del padre Campo. Una vez más, las amenazas se consumaban en hechos.
Luego llegó la Semana Santa con su duelo añadido. Puerto Asís entero se echó entonces a la calle en una Marcha del Silencio histórica en la que cada familia portaba cruces con los nombre de los desaparecidos. No hubo familia sin cruz aquella noche. Avanzaron lentamente y sin palabras hasta que el ejército llegó, una vez más, repartiendo orden y resignación. Durante unos minutos la muchedumbre se quedó en silencio, estática delante de los militares. Luego la tensión se diluyó en el miedo, la marcha se disolvió y cada uno se llevó a sus muertos de vuelta a casa.
Aunque Campo Elías se negó en varias ocasiones a abandonar Puerto Asís, después del asesinato del padre Alcides el obispado y la ONG Witness for Peace organizaron una delegación urgente para sacarlo de allí y llevarlo al exilio en Ecuador. Nadie se hizo responsable de aquellos crímenes, como tantos otros antes y después. Hoy en día la más absoluta impunidad sigue siendo el gran problema de Colombia.
En la actualidad el padre Campo, de vuelta en el Putumayo, trabaja en un proyecto de Manejo del Duelo, un intento de llevar dignidad a las familias de los desaparecidos del conflicto. Se les entrega un puñado de tierra tomada de las fosas comunes. Algo simbólico pero necesario para comenzar a construir la paz. Por lejana que esta parezca.
- El germen político del conflicto: http://www.revistanumero.com/9franja.htm, ensayo de William Ospina.
- El conflicto en la actualidad: http://www.es.amnesty.org/uploads/tx_useraitypdb/Colombia_dejennos_en_paz.pdf, informe de Amnistía Internacional (2008).
- Colombia: Impunidad, autocensura y conflicto armado interno: http://www.peaceobservatory.org/es/96/colombia-impunidad-autocensura-y-conflicto-armado-interno, artículo de International Peace Observatory.
- Noticia reciente sobre los crímenes del ejército: http://www.pcc.cat/boletin/colombiasemanal8a14denoviembrede2008pdf.pdf, de la Escuela de Paz de Barcelona.
- Listado de crímenes paramilitares: http://colombia.indymedia.org/news/2006/02/37725.php, Por lo menos Sus Nombres.








