Puzzles de Arena

Blog de relatos, viajes y fotografía

Rostros de la India

con un comentario

vendedora de collares4 copia

holly girl2

Toda la colección aquí.

Written by Guzmán

Mayo 10, 2009 a 6:49 pm

El descampado

con un comentario

El descampado es un sujeto olvidado, un elemento que pasa desapercibido en la geografía urbana, condenado por su dualidad a estar siempre en medio como el jueves. Qué historia más triste la suya.

Se presenta ante nosotros con vocación de ser algo que no es. Sin saber bien si se trata de un espacio de campo venido a menos, un fragmento de ciudad que dejó de serlo, o algo intermedio, en una fase de permanente transición.

En una primera aproximación al descampado nos llama la atención su parecido lejano al campo de toda la vida pero intuimos que no lo es. Hay basura, latas de cocacola, rodadas de camiones, algún electrodoméstico viejo, en fin, una suerte de desprópositos. Las plantas que encontramos (pajitas, arbusto, cardillo bajo) están sucias y parecen cuerpos inertes. Por tanto, sin miedo al desatino, concluimos que de campo no se trata. Entonces nos preguntamos si será acaso ciudad. Ese terrenito baldío entre fincas, esas explanadas de tierra entre centros comerciales. Pero por desgracia, tras una breve inspección desechamos la idea. Encontramos los restos de algún intento no fructífero de edificación  pero nada es habitable, no hay mobiliario público que destrozar cuando gana nuestro equipo la Copa ni se cataloga dentro de los espacios verdes urbanos. Pudo haber sido ciudad anteriormente pero ya no lo es. Qué se le va a hacer. Aunque debe precisarse que por alguno de estos descampados sobre los que ahora discutimos, particularmente aquellos con localizaciones céntricas, se han librado batallas de alto nivel entre constructoras, especuladores desalmados y políticos de baja calaña. Pero la lucha no se libra por el descampado en sí, es más bien su potencialidad lo que atrae. Nadie aprecia el descampado como el espacio inclasificable que es en el presente. Tal vez sólo los niños que juegan al fútbol por la tarde (ya no se juega a las chapas como antaño). Aunque ellos poco influyen en los círculos de poder. Quizás aquellos amantes furtivos que habitan la noche. Pero estos nunca reconocerían sus oscuras preferencias.

Dicho todo esto nos habremos percatado de la difícil existencia de los descampados. Parece que nadie los quiere como son. Y ya bastante tienen ellos con su síndrome bipolar. Sin embargo, esta historia tiene final feliz, se puede llevar al cine. Los habitantes de la ciudad nos hemos acostumbrado tanto al descampado que en el fondo lo queremos. No es un amor explícito en su conjunto sino que se delata tímidamente con los hechos. Es un amor esquivo, de adolescente, pero existe. Véase el ejemplo de una familia española de las de toda la vida, los García pongamos, que se disponen a disfrutar de la jornada dominical en el campo (el de verdad, no confundamos). Desesperados por huir de la ciudad cada fin de semana, pero también en cierto modo añorantes, se hacen acompañar de una considerable parafernalia de cachivaches, y en un mayúsculo ejercicio de urbanización, convierten el campo, transitoriamente, en ciudad. Apréciese la ironía del asunto. Salimos al campo, pero ese caos agreste de árboles y ríos y naturaleza incontrolada nos provoca desasosiego. Ahí tenemos pues a los García con siete sillas plegables, un par de mesas camilla, cantidades ingentes de tarteras con tortilla de patatas, ensalada campera y filetes empanados, el termo del café, una discreta televisión portátil, sombrillas por si acaso sale el sol, una carpa de plástico por si acaso llueve, un par de neveras cargadas de refrescos para los niños y cerveza para los mayores, el abuelo en camiseta de tirantes, el transistor del abuelo en camiseta de tirantes, el canario. Tras disponer todo en su orden específico aquello ya va teniendo mejor pinta. El día transcurre amablemente entre la comilona y la posterior siesta hasta que llega el momento de volver. De manera inversa a lo sucedido anteriormente se guardan en la furgoneta los archiperres, siempre teniendo cuidado de meter al abuelo en último lugar que sino se aplasta. Quedan detrás los restos de la edificación dominical. Bolsas de basura, el aceite de la ensalada, alguna servilleta que se voló, los parches de hierba arrancada por la sobrina que es un poco nerviosa ella, o los que quemó su hermano con el zippo del abuelo, las marcas a navaja de amor adolescente en la corteza del pino, algún plato de plástico, un pañal. El campo que fue convertido en ciudad, a su abandono, queda como descampado. Este es nuestro pequeño homenaje.

Defendamos la esencia única y la singularidad del descampado. Cuando la ciudad nos estresa y nos hace sentir diminutos, como hormigas anónimas. Cuando el campo nos resulta demasiado salvaje y precisamos algún elemento de civilización en medio de aquel caos. Ahí está el descampado. Ocupando un lugar necesario e imprescindible.

Written by Guzmán

Marzo 19, 2009 a 8:28 pm

El Cuaderno

con 5 comentarios

Ese cuaderno había nacido para la gloria. Al verlo en el escaparate de aquella librería supe que no se trataba de un cuaderno cualquiera. Todo estaba preparado para acoger una obra maestra: las firmes tapas grises, sus dimensiones reducidas y suficientes, su tacto amable, ese papel amarillento que recuerda a un pasado de tintero y luz de quinqué. Resultaba obvio para cualquier ojo que aquel cuaderno albergaría la prosa más exquisita, versos sobre las grandes cuestiones humanas, ensayos que arrojarían luz sobre los principales dilemas morales. Me apresuré a pagarlo (debo admitir que con cierta sorna por el reducido precio de tan valioso ejemplar) y salí de la librería con paso alegre. De camino a casa pensaba en lúcidas metáforas, elementos realistas, fantasías cotidianas, reflexiones, ironía, análisis, originalidad. Todo se encontraría combinado en la proporción adecuada. Las frases se vertebrarían con palabras en perfecto orden y concierto, encontrándose cada una en equilibrio con el resto, ocupando su lugar natural. Y con todo, se daría forma a un texto homogéneo, de verbalidad milimétrica y lectura reveladora. Sería un auténtico referente generacional.

En un ejercicio de previsión comencé a adelantar los trámites de publicación de la incipiente obra maestra. Ya que no me suelo mover por los círculos editoriales recurrí a una búsqueda en Google para encontrar el contacto de un agente. Concertamos una cita en el centro de Madrid y hablamos del texto que estaba a punto de nacer. Le hablé acerca de las palabras en perfecto orden y equilibrio, de las lúcidas metáforas, de las fantasías cotidianas y la verbalidad milimétrica. Quedó convencido y brindamos con el café de la tarde por nuestro acuerdo de publicación. La tirada inicial sería de 100,000 ejemplares. Eso para empezar, me dijo. No eran demasiados para mi gusto, quizás un par de millones hubiera sido un número más adecuado, quizás traducciones al inglés y al francés me hubieran parecido mas coherentes con la mayúscula trascendencia que se esperaba de la obra, pero acepté con la confianza de que el tiempo me daría la razón.

Con la burocracia resuelta me lancé a escribir con la inevitable sensación de llevar a cabo una misión superflua. La predisposición del cuaderno a hacer historia era tan clara que abordé la escritura con desenfado y seguridad, como el mero trámite del que se trataba. Pero desde que la primera palabra quedó grabada en el papel dejé de escuchar aquellos cantos de sirena. En dos meses, con el cuaderno cerca del final, no se atisbaba el menor indicio de perfección en ninguna de sus páginas. Me pasaba noches en vela preguntándome qué fallaba y sólo llegaba a una conclusión: El cuaderno, es el cuaderno. Aún así me inquietaba la posibilidad de haber procedido incorrectamente en alguna fase del camino que separaba al cuaderno de la gloria, debía encontrar el fallo logístico que me alejaba de su genialidad.

Pensé en utilizar como referencia la forma de abordar la escritura de los grandes literatos e identifiqué mi falta de elementos fetichistas como responsable del fracaso. A partir de ese momento, antes de retomar la escritura dedicaba un par de horas a un elaborado compendio de manías inspiradas por algunos de los mas influyentes escritores. Me aseguraba de cerrar con pestillo la puerta para evitar la irritante posibilidad de la interrupción, colocaba los lápices en orden creciente de tamaño y gradación ascendente de color para eliminar los elementos entrópicos de mi entorno, me vestía con traje y corbata para contribuir con una refinada apariencia a la elegancia del texto, escribía un máximo de 1000 palabras al día que contaba en voz alta al acabar, fumaba en pipa. Pero nada cambió, el cuaderno estaba aún más cerca del final y ni rastro de perfección.

Recordé que los grandes genios no sólo tienen costumbres irracionales sino que suelen ser personajes turbados. Así, me empecé a aislar de la sociedad y a perder conciencia de las normas sociales. Dejé de cortarme el pelo y afeitarme, me duchaba una vez al mes a regañadientes y normalmente motivado por quejas de los vecinos, me entregué a la contemplación de la miseria humana, a beber ginebra desde el desayuno y a vivir en un estado de semi-inconsciencia permanente por el consumo de marihuana. Pero nada de esto pareció ayudar al proceso creativo. Cada mañana de resaca y hastío era absolutamente incapaz de descifrar una mísera línea de lo escrito la noche anterior. Había conseguido acabar el cuaderno y desarrollar un principio de cirrosis. De la perfección no se sabía nada. A estas alturas la impaciencia de mi editor se multiplicaba y aumentaban sus inquisiciones. El cuaderno, es el cuaderno, me defendía.

Un día después de darle muchas vueltas decidí que la imitación de los grandes escritores tan sólo limitaba mi originalidad. Y una obra maestra debía ser ante todo original. Debía crear mi propia voz, mi propio estilo. Debía deshacerme de las constricciones de la escritura convencional. La primera idea que se me ocurrió fue rellenar los márgenes del cuaderno con más palabras. Creía en el elemento innovador de escribir en forma de cuadrado, un argumento que se cierra en el mismo punto que empezó. Pero no hubo cambio evidente. Traté también de escribir en los cantos. Palabras que se desmenuzarían al abrir el cuaderno y se recompondrían al cerrarlo. Pero tampoco pareció influir lo más mínimo en la calidad de los textos. Así, llegué a proponer otra alternativa: ocuparía el interlineado del cuaderno escribiendo de derecha a izquierda como los árabes, desafiando las leyes de lectura, llevando la mente a un nivel más allá. Desafortunadamente, la costosa interpretación posterior arrojó las mismas conclusiones que la escritura de toda la vida. Al final decidí que el lenguaje era el elemento ortodoxo que destruía la creatividad y, en un intento desesperado, comencé a sobrescribir aquellos pobres textos que ocupaban márgenes, cantos, líneas e interlineados con palabras en una lengua inventada. La fusión de lo antiguo y lo nuevo, pensaba, entre la vieja lengua castellana y una recién nacida sería revolucionario. Utilicé caracteres cirílicos y latinos, números indios, raíces del esperanto y terminaciones del sánscrito. Desquiciado y exhausto al término de semejante esfuerzo ni siquiera fui capaz de encontrar sentido a toda aquella amalgama emborronada de palabras incomprensibles. En este punto tuve que aceptar con resignación que el Olimpo de la literatura siguiera esperando.

Debo reconocer que aquellos meses fueron agotadores y aún me intento recuperar de las secuelas, pero si algo estaba claro era mi papel de víctima en aquel entuerto. Nadie podría negar que hubiera agotado todas las posibilidades existentes, todas las modalidades de escritura, convencionales y heterodoxas, hasta llegar a límites insospechados. Disponía de total autoridad para afirmar que aquel cuaderno era defectuoso. Con estas pruebas como argumentos demoledores sería sencillo justificar el retraso a mi editor y, aún más importante, la devolución del cuaderno a su vendedor. Sin embargo mi asombro sólo iría en aumento cuando el energúmeno de la librería se negó a devolverme el dinero por no hablar de la compensación que solicité en concepto de daños y perjuicios. Mientras me echaba de la tienda a base de insultos le intenté explicar la engañosa seducción de un cuaderno inmaculado que asegura lúcidas metáforas, reflexión e ironía en justa proporción, verbalidad milimétrica. Pero su reacción fue aún más violenta. Mi editor, que es un caballero mucho más educado, se hizo oír a través de su abogado que me presentaba una demanda por incumplimiento de contrato.

Rodeado de tanta intransigencia e injusticia me lancé a deambular bajo la lluvia de la ciudad, solo, sin cuaderno, sin editor, sin lugar en la historia de la literatura. En un momento decidí resguardarme bajo unos soportales y descubrí una antigua librería que no me era familiar. En su escaparate mostraban viejos volúmenes de Episodios Nacionales, la primera edición de La Celestina, un Quijote de bolsillo. Cuando iba a reemprender la marcha me pareció ver al fondo de la estantería un cuaderno fuera de lo normal, con tapas de negro satinado y un cristal de cuarzo incrustado en la portada. Me decidí a entrar. De la posterior inspección de sus páginas, de su tacto amable y de sus dimensiones reducidas pero suficientes extraje la inequívoca conclusión de que ese cuaderno había nacido para la gloria.

Written by Guzmán

Enero 29, 2009 a 12:55 pm

Escrito en Relatos

Tagged with , ,

Epílogo a un viaje inconcluso

con un comentario

“Viajar no implica necesariamente un traslado. Es más bien una predisposición.”

Fernando Savater

Recuerdo los meses del movimiento. Aquellos días dinámicos en los que el cambio continuo de paisaje se convirtió en algo adictivo. La imprevisibilidad marcaba el tempo, las cosas no estaban planeadas, todo surgía sin previo aviso delante de nuestros ojos. De esta manera, el orden que se establecía en un momento se alteraba en el siguiente. Lo distinto, lo nuevo, sorprendía a los ojos y revolvía las tripas. Así fue durante algún tiempo. Hasta el día en que tocó parar. Sin embargo, cada vez parece más claro que en los viajes nunca se escriben puntos y aparte…

Los finales de viaje suelen llegar en forma de traslado al aeropuerto, ya sea en Delhi o en Quito. Y por mucho que se los espere, no hay antemanos que valgan. Las despedidas siempre te pillan por la espalda y desprevenido. Porque de aquí a allí, desde una realidad a otra totalmente opuesta, sólo hay unas horas de distancia. No hay tiempo para la adaptación. En el avión ya te hablan en dos idiomas y te ofrecen dos menús distintos forzándote a escoger, a afrontar la dicotomía del que se encuentra suspendido entre dos lugares sin solución de continuidad. ¿Tomará Hariyali kofta o fish and chips?. Señorita azafata, déjeme en paz con mis contradicciones, por favor.

Cada vez recuerdo más La India. Quizás sea por el empacho de imágenes y el exceso de impresiones. Por no poder ser más que un mero observador del inalterable caos que se desenvuelve, a una velocidad de vértigo, delante de tus ojos. En estas circunstancias, apenas se puede asimilar lo uno cuando ya ocurre lo otro y lo de más allá. La India te sacude con violencia, te pone cabeza abajo y de tus bolsillos caen conceptos establecidos, leyes absolutas. Haciéndose añicos contra el suelo.

A Sudamérica fui buscando lo común y choqué con la diferencia. Pueblos hermanos, pensaba. Y me dí cuenta de que esto sólo es palabrería de políticos. Recibí con entusiasmo lo que nos diferenciaba, lo auténtico, y me apené por las coincidencias, por la dudosa herencia de los que vinieron de Ultramar. Sin embargo, en ciudades con un aire a Lisboa en las faldas de los Andes, en representaciones híbridas entre lo católico y lo mágico, se ve la mezcla, ya indisoluble, de lo que había allí y de lo que llegó. Se ve a esta tierra que necesita reconocer su condición mestiza y aceptarla como símbolo de identidad. Confusa, eso si, pero integradora.

Santayana decía que el viaje es una metáfora de la vida: Cuando nacemos, cuando viajamos, llegamos solos, a un lugar ajeno donde no conocemos nada ni nadie. Se viaja para nacer más de una vez. Y en esa adaptación al nuevo entorno, en el sentirse desprotegido y desubicado, y también en la excitación por descubrimiento constante, se pone en cierto riesgo la idea de uno mismo. Precísamente ahí se encuentra la verdadera esencia de los viajes. Para luego volver, igual pero distinto, sin llegar completamente y nunca irse del todo.

“Viajar con esperanza es mejor que llegar”

Proverbio japonés

Written by Guzmán

Diciembre 31, 2008 a 9:30 pm

Aquella noche mataron al cartero

con 2 comentarios

Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales.

Gabriel García Márquez, 1996.

Mirando a Colombia se ve a Latinoamérica en su conjunto, con su falta de concordia y sus conflictos enquistados, se ve la ausencia de identidad de un país, de un continente, que crearon desde arriba, desde fuera. Inestable, esquizofrénico, irreconciliable. Desde hace muchos años Colombia se rasga por las costuras de su fundación en una guerra eterna donde sólo hay dos bandos, los que cogen las armas y los que no. Guerrilla, paramilitares y ejército están en uno. En el otro, los muertos, los secuestrados; el pueblo. Han nacido nuevas generaciones dentro de La Violencia que nada saben de historia. Que no comprenden el porqué de todo esto. Y sólo saben disparar.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………

Era una de esas tardes tropicales de sol tímido entre nubes de tormenta. Aquel era nuestro último día en Colombia después de haber viajado en dirección sur durante dos semanas desde Cali hasta la región más meridional y amazónica, el Putumayo. Paseamos por la Vereda de Tamabioy hasta que un hombre nos detiene con gesto sonriente al lado del camino lleno de charcos. ¿Les puedo hablar?. Aquella conversación fortuita dibujaría las sombras del país que abandonábamos.

El hombre de mediana edad y rostro moreno que teníamos ante nosotros era el sacerdote Campo Elías de la Cruz, un hombre modesto de fuertes convicciones sociales con una historia digna de ser contada. Todo comenzó cuando le pregunté sobre la situación en Colombia. Mal, muy mal, respondió. Y acto seguido comenzó con su relato.

Desde 1998 hasta 2001 el padre Campo estuvo destinado en Puerto Asís, en el Bajo Putumayo, una de las regiones más castigadas por el conflicto armado. Allí donde el enfrentamiento entre guerrilla y paramilitares alcanza cotas de violencia extrema. Y donde los ánimos de venganza se mezclan con un duelo constante por los muchos que se quedaron en el camino. En estas condiciones, un párroco -una persona por extensión- se convierte irremediablemente en actor del conflicto. La confesión, la misa de ocho y el sermón de los domingos adquieren una dimensión distinta cuando se ve a un pueblo desangrarse lentamente entre los bancos de la iglesia.

Al caer el sol las calles de Puerto Asís eran tierra de nadie. Los paramilitares barrían la noche con una violencia desmedida. Todo era un juego de revanchas y advertencias en forma de muertos. El padre Campo y otros dos párrocos solían dormir en el campanario, el único lugar que parecía seguro. La gente gritaba y pedía auxilio a la puerta de la iglesia. En ocasiones abrían el gran portón durante escasos segundos para servir de refugio a la huida. Pero siempre había que cerrar al instante dejando a muchos al desamparo en la oscuridad.

La situación fue empeorando. Los muertos crecían a diario y el inmovilismo -el silencio a cambio de la vida- hacía retorcerse por dentro a Campo Elías. Una noche más, unos muertos más, otro día de duelo. Y contando. Pero una noche que podía haber sido otra cualquiera, la venganza se cebó de lleno en los nada tienen que ver con las balas. Desde el campanario Campo Elías oyó como alguien gritaba su nombre en busca de ayuda. ¿Pero qué podía hacer yo?, sólo en la oscuridad. Se oyeron más tiros de lo normal, luego llegó la calma al amanecer.

Con las primeras luces el párroco acompañó a las familias a la morgue. Y encontró siete cadáveres de siete hombres del pueblo con nombres y apellidos. Siete cadáveres de siete civiles que nunca habían empuñado un arma disfrazados de guerrilleros de las FARC. Y tomó dos fotos dispuesto a denunciar, como nunca nadie había hecho antes. Ese sería el principio del fin de sus días en Puerto Asís.

Aquella fatídica noche los paramilitares habían matado al cartero, habían matado a campesinos, y en las noticias nacionales se proclamaba el éxito de haber acabado con siete guerrilleros en el Bajo Putumayo.

Sólo la rabia de los familiares pudo sacar a Campo Elías de la morgue aquella mañana. Al día siguiente, en la iglesia apareció un sobre que contenía un papel en blanco lleno de cruces. Nadie que hubiera recibido esa carta en el pasado estaba todavía en Puerto Asís para contarlo. Así reunió a todos los que le acompañaban para darles la opción de salir de allí antes de que sucediera lo inevitable. Pero pocos aceptaron.

El día del funeral llegaron todas las televisiones nacionales a llamada del párroco. Y con ellas también llegó el ejército. Desde el púlpito Campo Elías pronunció un discurso dirigido al presidente de la República, acusándolo directamente del asesinatos de siete hombres inocentes en Puerto Asís. Al término de la misa el ejército se desplegó por la iglesia. La tensión de los asistentes se quedó en resignación silenciosa. Un par de militares armados entraron en la sacristía y amenazaron de muerte al párroco.

En Colombia la sangre no significa nada. Y las amenazas nunca se quedan sólo en eso. A los pocos días del funeral, el padre Alcides se disponía a empezar la homilía de las seis en una iglesia cercana. A las seis y cuarto yacía muerto sobre el altar. Dos hombres en moto lo habían acribillado a balazos. El primer disparo atravesó el cáliz entre las manos del cura, los siguientes fueron certeros. Era un buen amigo del padre Campo. Una vez más, las amenazas se consumaban en hechos.

Luego llegó la Semana Santa con su duelo añadido. Puerto Asís entero se echó entonces a la calle en una Marcha del Silencio histórica en la que cada familia portaba cruces con los nombre de los desaparecidos. No hubo familia sin cruz aquella noche. Avanzaron lentamente y sin palabras hasta que el ejército llegó, una vez más, repartiendo orden y resignación. Durante unos minutos la muchedumbre se quedó en silencio, estática delante de los militares. Luego la tensión se diluyó en el miedo, la marcha se disolvió y cada uno se llevó a sus muertos de vuelta a casa.

Aunque Campo Elías se negó en varias ocasiones a abandonar Puerto Asís, después del asesinato del padre Alcides el obispado y la ONG Witness for Peace organizaron una delegación urgente para sacarlo de allí y llevarlo al exilio en Ecuador. Nadie se hizo responsable de aquellos crímenes, como tantos otros antes y después. Hoy en día la más absoluta impunidad sigue siendo el gran problema de Colombia.

En la actualidad el padre Campo, de vuelta en el Putumayo, trabaja en un proyecto de Manejo del Duelo, un intento de llevar dignidad a las familias de los desaparecidos del conflicto. Se les entrega un puñado de tierra tomada de las fosas comunes. Algo simbólico pero necesario para comenzar a construir la paz. Por lejana que esta parezca.


El Imperio del Sol y la civilización sin nombre

con 4 comentarios

En el lago Titicaca comenzamos el periplo por los lugares sagrados del Imperio Inca, por la tierra de los Apus, dioses de las montañas.

En el principio fue la tierra sin agua. Sobre esta tierra no se conocía la muerte, ni la ambición o el odio, porque los apus velaban por los seres humanos que habitaban el profundo valle. Sólo una cosa estaba prohibida: subir a las montañas donde se encontraba el Fuego Sagrado. Pero los espíritus malignos se las ingeniaron para sembrar la discordia e inducir a los habitantes de la tierra idílica a explorar las cimas. Cuando los hombres estaban llegando al Fuego Sagrado, los apus les salieron al paso encolerizados haciendo que todos los hombres fueran devorados por miles de pumas de las montañas. Viendo la carnicería, Inti, el dios del Sol, se puso a llorar, y sus lágrimas fueron un diluvio durante cuarenta días y cuarenta noches. Sólo una pareja humana, flotando sobre una barca de junco, llegó a ver el sol de un nuevo día, y no daban crédito al vasto horizonte que cerraba su vista: el profundo valle era ahora un lago que se perdía en la distancia, y lo que antaño fueron cimas se habían transformado en islas. En medio de las aguas, los pumas se habían convertido en estatuas de piedra. Llamaron entonces a aquel lago el Titicaca, que significa “el lago de los pumas de piedra”. [El País Viajero, 17/06/2006]

En su centro aparece la roca de la Isla del Sol. Alrededor todo es agua y silencio, bajo un sol de constante mediodía, envuelto por un aire fino que corta el aliento. Rebaños de llamas y ovejas lanudas son conducidas ladera abajo por niños de apenas diez años. Mujeres de pollera recorren el camino empedrado con rebaños de burros cargados de agua. Montones de cebada se secan en el patio, unos pocos eucaliptus crecen desangelados junto la tapia, perros y chanchos descansan bajo su sombra. Abajo, en la playa, se oyen la olas del lago.

Mas allá, hacia el norte está el centro de las cosas. Cusco significa “ombligo del mundo” en quechua, allí donde Manco Ccapac construyó el Templo del Sol, el lugar donde confluían el mundo subterráneo (Uku Pacha), el mundo visible (Kay Pacha) y el mundo superior (Hanan Pacha). En la ciudad, de belleza colonial indudable, se echan de menos los restos de una civilización, los templos demolidos que sirvieron de cimientos a las iglesias y catedrales. Sin embargo, en su aire andino y en la memoria colectiva, todavía se respiran los recuerdos de aquellos para los que la naturaleza era religión. Desde Cusco, por distintos caminos, se llega a la ciudad perdida de Machu Picchu. En apenas cinco días, atravesando las nieves perpétuas del Salkantay y el bosque semitropical de Churubamba, nos encontramos a la faldas de una de las 7 maravillas del mundo. Escondida entre las crestas de las montañas nubladas aparece casi por sorpresa. Machu Picchu intimida por el misterio de sus pobladores, por la enigmática evacuación de la ciudad, por los siglos que pasaron hasta su (re)descubrimiento o simplemente por razones puramente estéticas, por su atronadora belleza. A todas luces, un lugar mágico.

Tras la tediosa sucesión de curvas, subidas, bajadas y niños vomitando, el autobús se unió a la Panamericana. En una interminable línea recta cruzamos la costa desértica que precede a la capital del estado peruano. En el cielo, nubes grises inmóviles me recuerdan a días de estudio en el otoño inglés. Al fondo, el Océano Pacífico -ha tenido días mejores- lleva a la playa sucias olas con los desperdicios de la noche. Más tarde aparecerán aglomeradas las casas de teja descubierta y vigas de hormigón, ropa tendida en la azotea, anuncios de perfumes y refrescos. Lima, circunstancial y efímera, me llevaría a Colombia un día más tarde.

Cali es un revoltijo tropical de negritud y latinidad donde la salsa se entremezcla con la marimba y el currulao del litoral Pacífico. Los colombianos aparecen bailando con desinhibición y amabilidad constantes. De allí viajamos al Sur, a las selvas que todavía guardan en sus entrañas un conflicto armado de cuatro décadas. En la caseta de madera al lado del camino la señora hace café y aguapanela con queso. En la pared encima de los fogones varias truchas para ahumar cuelgan de un cordel. Afuera ha comenzado a caer el diluvio universal y el agua suena como un xilófono al chocar desordenadamente contra el techo de zinc. Una niña escribe una copla de regalo en mi cuaderno. “Me puse a sembrar rosas donde el agua no corría, me puse a tener amores que a mi no me correspondían”. En San Agustín recorremos haciendas y caminos a caballo para ver las estatutuas de una civilización sin nombre que habitaba estas tierras hace más de 50 siglos. Su simbología muestra una estrecha conexión con la naturaleza; el sol, la luna, el agua, el jaguar o el oso son objeto de culto.

Llegamos a Tierradentro con los primeros claros de la tarde cuando la vegetación todavía se está escurriendo la tromba de mediodía. Nuestro hospedaje se recoge en torno a un pequeño patio central con columnas y puertas azul celeste. El jardín está lleno de latas oxidadas a modo de macetas. Al fondo están el lavadero, el horno de barro y la máquina de despupar café. Se escucha el río abajo del valle. Carmelita Medina y Secundino Narváez regentan el hostal desde hace 20 años con sus bien cumplidos ochentaytantos. Ella se desplaza por el patio con un vestido de flores y chanclas de plástico con calcetines mientras refunfuña por viejas manías de su marido. Al salir de la habitación me desea los buenos días y me ofrece un tintito, café endulzado con panela. “Además del hospedaje vivimos de unas maticas de café que tenemos al lado de la casa. Secundino lo lleva a vender al mercado de Inza los sábados por la mañana. Antes hay que despupar las semillas de café, lavarlo hasta que quede blanco y dejarlo secar. Se necesitan 3 o 4 días de buenos soles y que no hiele. Luego lo compran las compañías y se lo llevan a procesar”. Carmelita nos avisaría de la llegada del autobús la mañana de nuestra partida y nos despediría en la puerta. Ese día atravesamos el páramo nublado y el bosque montano con sus epífitos. Llegamos a Pasto. Una vez más, y aun sólo por una noche, llamamos casa a una habitación desconocida, echamos raíces tan efímeras como imprescindibles.

Written by Guzmán

Septiembre 25, 2008 a 1:12 am

C’est la Bolivie: Notas de viaje

dejar un comentario »

Retrospectivamente y ya desde Madrid recupero notas de viaje del país que hoy sale en las noticas por cosas muy diferentes.

A punto de que salga el autobús nocturno el conductor arregla con celo el parabrisas resquebrajado. Nuestro compañero de atrás nos da conversación un rato y luego se acuesta. “Voy a escuchar algo de música”, nos comenta. Cuando estamos preparados para dormir ritmos reggaetonianos a toda pastilla comienzan a sonar por detrás, nuestro amigo en efecto se había puesto a escuchar música pero en la radio que lleva colgada del cuello. En este país hay que deshacerse de las asociaciones de ideas occidentales, nada se puede dar por hecho aquí. Con el paso del tiempo la frase C´est la Bolivie se instauraría como lema de viaje.

Paseamos por una plaza de Potosi a mediodía. La vendedora de salteñas se para en la esquina con su carrito y su mandil. El hombre del zumo pasea en círculos con su exprimidor ambulante. Señores bien vestidos conversan en torno a un banco. De pronto una madre sienta a su bebe en el centro de la plaza y literalmente lo rocía por todos lados con maíz tostado. En pocos segundos el atónito bebe se encuentra cubierto de palomas revoloteando a su alrededor. La madre, desde una distancia prudencial y muerta de la risa, saca fotos para el album familiar.

Me acerco al kiosko y pido el periódico de tirada nacional. “Sólo tengo el de ayer”, me comenta la vendedora, “el de hoy llega por la tarde no más”. Noticias fresquitas al acabar el día, simplemente un significado distinto de la palabra actualidad. No más.

Llega la hora de comer. Entramos a un restaurante con manteles multicolor donde suena cumbia. Hoy nos vamos a dar el lujo, dejaremos el plato del dia (1euro) y comeremos a la carta. “¿Qué lleva la pizza vegetariana?” le pregunto a la camarera, que tras un rato pensando me responde: “lo siento señor, yo no sé, no soy la cocinera”. Tanto tiempo trabajando de camarero y nunca se me ocurrió esa excusa…

Vamos a la oficina de turismo y hablamos con Rolando, guía profesional de traje y corbata. “Desde Uyuni a Potosi el paisaje es pedregoso, árido, con poca vegetación”, le comento, “¿Cómo es de camino a Sucre?”. “Ah, sí, es distinto”, me responde. “Pero ¿cómo de distinto? ¿Es pura selva, hay pinguinos?” insisto. “Noooo, es muy distinto, distinto no más”. Así que con las ideas mucho más claras volvemos a salir. En la esquina paramos a un hombre para preguntarle por una calle. Su respuesta, mientras serpentea con la mano en dirección difusa, “ahicito no más”. Y al preguntarle por el tamaño de Potosí, “chiquitito no más”. Pero ya a estas alturas no me esperaba yo menos…Aunque siempre son preferibles las cuantificaciones imprecisas de los potosinos a las confusiones numéricas de los cruceños. Otro día, en otra oficina de información turística, Pablo pregunta cuántos habitantes tiene la ciudad Santa Cruz (no olvidemos que Bolivia entera tiene 10 millones). El pobre hombre, agobiado como un niño que no se sabe la lección, se aventura con una estimación al vuelo…seiscientos (se le ve que duda)…mil (venga, que vamos bien)…millones (!@#*&!).

Los limpiabotas se acercan tímidos a los viandantes. Un ejército no organizado de niños armados de cepillos y betún. Con un cabás de madera lleno de aparejos y un pequeño taburete corretean por la ciudad al grito de ¿le lustro?. Rondan los 12 años y nos cuentan que un programa municipal les proporcionó los utensilios para ejercer. Cobran 2 pesos bolivianos, al cambio 20 céntimos de euro. En tiempos de escuela trabajan por la tarde. Menos convencionales eran Cristina, Laura y Diego (8-10 años) que dedican las noches a vender pulseras afuera de los cafés de turistas en Sucre. Dicen que tienen que ayudar a su madre que está enferma y es viuda. Hacia la medianoche emprenderán la vuelta hacia las barriadas donde viven, un camino en la oscuridad que les llevará una hora. Un informe de las Naciones Unidas asegura que el gobierno boliviano, a pesar de suscribir varios tratados contra la explotación infantil, no los lleva a la práctica. El país andino ocupa el primer puesto en porcentaje de niños trabajadores (5-14 años) en todo el continente con un 22%. Se dicen que el trabajo infantil es al mismo tiempo causa y consecuencia de todas las pobrezas.

Y ahora la política. Parece que desde que abandonamos el Altiplano boliviano a orillas del Lago Titicaca la brecha se ha ido abriendo a un ritmo exponencial. Lo resumió muy bien Pablo en el artículo que publicó a raíz de nuestra visita al Departamento de Santa Cruz. La dicotomía de un país, de dos pueblos antagónicos y divergentes. Una vez un historiador sugirió que la mejor solución para los problemas políticos internos sería la repartición de Bolivia entre los países vecinos. Me figuro que aquello era humor negro pero a día de hoy uno ya no sabe qué pensar.

Así fue la Bolivia que vivimos. Atemporal, peculiar, diversa. Y una pega. Me voy con la sensación de haberme perdido una parte esencial del país, los indígenas del altiplano con los que la comunicación resultaba a veces imposible. Reservados y esquivos parecen hablar de su terrible historia tan solo a través de esos ojos negros cargados de enigma.

Written by Guzmán

Septiembre 17, 2008 a 9:19 am

Transiciones

con 4 comentarios

Las paredes de nuestra nueva habitación en Santa Cruz están cubiertas por un gotelé montañoso y abrupto. Los desconchones de pintura en el techo, de forma premonitoria, recuerdan al mapa de Perú. Los autobuses de antesdeayer fueron particularmente largos, 29 horas de viaje, pero tampoco es para llevarse las manos a la cabeza. Hubo que cambiar dos veces de vehículo, esperar unas cuantas horas en diferentes paradas estratégicas, pasar dos noches durmiendo con el traqueteo de caminos de piedras, cruzar tres ríos en plataformas propulsadas por motoras y bajarse otras tantas veces para empujar el bus cuando no entraba la primera. La transición se convierte en rutina tras cinco semanas de viaje. Cada día que pasamos metidos en un autobús, aunque se convierta en odisea, resulta necesario para reflexionar sobre la etapa que se cierra. En infinitas horas de paisaje cambiante al otro lado de la ventana cada uno aprovecha el tiempo a su medida para la recolección de memorias perdidas. Con restos de impresiones y fragmentos de imágenes construimos la idea rudimentaria de un viaje, de un país. Algo abstracto, no académico, subjetivo y casi arbitrario aunque a la vez cierto para cada uno de nosotros. Porque como dijo en su día Gabo “La vida no es como uno la vive sino como uno la recuerda para contarla”.

Así contaré que de Potosí a Sucre apenas hay 200km y al menos cien años de distancia. Hacia la ciudad blanca llegaban los acaudalados magnates de la minería potosina para construir sus palacetes y mansiones. La riqueza permitió el desarrollo y afloraban los intelectuales. Desde allí se lanzó uno de los primeros gritos libertadores de América Latina y después de la independencia, Simón Bolívar otorgó la capitalidad a Sucre. Situada a medio camino entre el altiplano indígena de Potosí y la tropicalidad mestiza de Santa Cruz, esta ciudad tiene cierto carácter dual. Y como siempre ocurre, al aparecer el dinero lo hace simultáneamente la miseria. De la diferenciación surgen las barriadas marginales y la mendicidad en las plazas.

A los pocos días llegamos a La Paz capitalina encaramada a sus montañas y con las nieves perpetuas en la trastienda. Habíamos atravesado en la noche la diagonal del país y al amanecer llegábamos a un nuevo destino, con legañas y huesos molidos. Esta vez para poco tiempo. A las 24h estaríamos descendiendo La Carretera de La Muerte en bicicleta, un camino de cabras excavado en la roca desde 4800m hasta 1500m de altitud en 60km de bajada vertiginosa. En unas pocas horas atravesamos todas las zonas climáticas del país, desde la desoladora alta montaña andina al bosque tropical, desde los bajo cero a las sandalias y los pantalones cortos. Hasta que la carretera se cerró al transito de vehículos se registraban un mínimo de 100 muertes al año en este trayecto.

El destino final era el pueblo de Coroico donde se celebraba el festival folklórico más importante del calendario boliviano. El concierto de Los Kjarkas, nuestro grupo favorito de Bolivia, fue el plato fuerte del evento. Enfundados en sus ponchos de vicuña (a más de uno le debió salir un sarpullido), a golpe de zampoña y charango, levantaron al abarrotado público con sus cantos ancestrales en quechua y sus himnos de bolivianidad.

Desde Coroico, por valles nublados en un autobús que desafiaba barrancos con ruedas suspendidas en el vacío, nos plantamos en Rurrenabaque. De pronto el tiempo se estira en este enclave tropical y húmedo a orillas del río Beni, entre la pampa y las selvas de Madidi. En este pueblecillo de calles anchas y casas bajas la vida se hace en moto (con un máximo de cuatro pasajeros o tres+televisión de 30 pulgadas) y el centro de reuniones es el pub-karaoke Bananas. En este pintoresco lugar, con relieves de jaguares adornando las paredes y una bola de discoteca recuerdo de Fiebre del sábado noche, tuvimos la suerte de presenciar una interpretación de Bailar pegados que hubiera bastado para matar de dolor a Sergio Dalma y despertarlo de entre las tinieblas en busca de venganza. De tour por la pampa, quizás demasiado turístico y con claras similitudes a un campamento de verano, nos hartamos de ver aligatores y caimanes tomando el sol en los barros de las orillas y nos bañamos, en esas mismas aguas, rodeados por delfines rosados. Tras atardeceres que poco tenían que envidiar a los de la sabana africana recorrimos en barca la quietud del río para escuchar sapos y alumbrar a los ojos de reptil que nos observaban sumergidos en la oscuridad. De la posterior y demasiado breve incursión en las selvas de Madidi intuímos lo inhóspito y salvaje de un lugar poblado de lianas, árboles estranguladores y hormigas gigantes. Pasamos la noche en camas al aire libre con mosquiteras blancas oyendo el estruendoso concierto de los animales nocturnos. Quizás por la noche un jaguar merodeara por el campamento.

Ahí empieza y acaba la historia, con el autobús que tras más de un día entero de viaje nos depositaría, aturdidos y desubicados, en Santa Cruz. Mañana, de nuevo, cambiamos de paisaje. El tiempo que nos llevará es impredecible, pero en el fondo eso es lo que menos importa.

Written by Guzmán

Julio 23, 2008 a 12:28 am

Sal, tierra, hielo, plata

con 6 comentarios

Perdemos la noción del espacio al recorrer la inmensidad blanca del desierto de sal más grande del mundo, el Salar de Uyuni. Con sus 12,000 km² y sus 3,650m de altitud es un lugar surrealista, un punto extraterrestre en medio del altiplano. El antiguo mar interior que hace 40,000 años ocupaba la extensión del actual salar se fue progresivamente desecando por la subducción, lo que a la postre formó la cordillera andina. En lugar de sus aguas quedaron 64,000 millones de toneladas de sal de las cuales 25,000 toneladas son explotadas anualmente. Al amanecer el paisaje se tiñe de un azul pálido y homogéneo que impide diferenciar la tierra del cielo. Sólo las escasas montañas cincundantes permiten delimitar el horizonte y recuperar por unos momentos las dimensiones.

Desde Uyuni a Potosí discurre un camino polvoriento y pedregoso a través de lo más inhóspito de los Andes. Atrás queda la llanura blanca como un sueño, un espejismo en medio del desierto. Al borde del camino es común encontrarse con altarcitos que recuerdan accidentes pasados. Es difícil pensar que esta tartana de autobús recorra semejante camino de cabras sin despeñarse. Por eso a veces es mejor cerrar los ojos. Atravesamos discretas poblaciones compuestas por tres o cuatro casas de adobe que sobreviven con unas pocas llamas, cultivos de quinua y papas en lugares imposibles. Sucesión de tierras agrietadas y plantas sedientas de raices descubiertas. Se detiene el autobús en medio de la nada y se baja un hombre pequeño y arrugado que descarga un fardo gigante de la baca y se pierde entre el polvo. La roca va cambiando de tonalidad al avanzar, desde el blanco yeso al rojo oxidado. Como el pueblo boliviano. Diverso y dividido, castigado por el viento y por la historia. Gente silenciosa de mirada tristona e indescifrable. A veces resignados y melancólicos. Otras ajenos a una realidad al tiempo divisoria y convergente. Reina la incertidumbre en el país que sirvió de ejemplo al mundo cuando sus movimientos pro-indigenistas y anti-sistema se alzaron con el poder político. Hoy pintan bastos para aquellos.

Tras 6 horas (220km) llegamos a Potosí, la ciudad que más dió al mundo y la que menos tiene, con su Cerro Rico imponente y vergonzoso, símbolo del exceso y el declive de la ciudad que fue cegada por una codicia color plata. Potosí fue fundada el 1 de abril de 1545 por el capitán Juan de Villarroel tras el descubrimiento de una veta del preciado mineral en el cerro que los indígenas llamaban Sumaj Orkho. Los siglos XVI y XVII fueron los de la riqueza desmedida como cuenta Galeano:

Dicen que las herraduras de los caballos eran de plata [...]. De plata eran los altares y las alas de los querubines. En las procesiones del Corpus Christi de 1658 las calles fueron desempedradas[...] y totalmente cubiertas con barras de plata. [...] Convertidas en piñas y lingotes las entrañas de Cerro Rico alimentaron sustancialmente el desarrollo de Europa.

Como advierte Don Quijote a Sancho: “Vale un Potosí”. Una ciudad que en cien años aumentó hasta los 160,000 habitantes, la misma población del Londres de la época y mayor que Madrid, París o Roma. Como siempre, como ahora, había uno que cavaba y otro que recaudaba. La mita establecia como obligatorio para los campesinos indígenas el trabajo en la mina por 3 años sin apenas ver la luz del sol. Se traían cientos de esclavos africanos que morían por las penurias del viaje o, en cuestión de semanas, por los efectos de la altitud. Hasta el siglo XVIII, el principio del fin de Potosí:

Aquella sociedad potosina, enferma de ostentación y despilfarro, sólo dejó a Bolivia la vaga memoria de sus esplendores, las ruinas de sus iglesias, y palacios y ocho millones de cadáveres de indios.

La plata más accesible se había esfumado. Los mitayos emigraban lejos de la región por el miedo a ser reclutados. El cerro, 200m más bajo que dos siglos atrás, fue parcialmente abandonado con sus heridas abiertas en forma de advertencia a caminantes. Se creyó entonces que la escasez del mineral era un castigo divino por los abusos cometidos y un socavón abierto al pié del cerro fue considerado la entrada al infierno. Menos mal que vinieron San Bartolomé y San Ignacio de Loyola para cerrar la puerta del abismo y salvar a los potosinos. Los españoles traían la enfermedad y la medicina.

Hoy en día la realidad de la minería en Potosí es confusa. Siempre dependiente de las caprichosas fluctuaciones del mineral en el mercado ha vivido auges y declives pero nunca recuperó la actividad ni la riqueza de antaño. Las cifras hablan solas; de un 100% de la población dedicada a la minería en el siglo XVII hoy apenas se beneficia un 15%. De una población que rozó los 200,000 hoy quedan 135,000. En la década de los ´80 se produjo una de las crisis más recientes con el desplome del precio del mineral. La compañía nacional Comibol, que se hacía cargo de la explotación, llevó a cabo el despido de la totalidad de los mineros y Cerro Rico quedó en el dique seco. Hace pocos años pequeñas cooperativas reiniciaron la actividad minera con la extracción de concentrados de plomo, zinc, estaño y plata de los cuales sólo un 25% es útil. La producción y los beneficios de esas cooperativas se mantiene en secreto. Lo que es seguro es que aquellos que viven en la oscuridad arañan poca de la riqueza que extraen.

En las profundidades del cerro están los mineros persiguiendo vetas brillantes a través de simas, túneles inundados y pasadizos por los que a duras penas cabe un hombre. Muchos están lejos de cumplir los 18 en un mundo en el que la mayoría de edad se adelanta al tiempo que la esperanza de vida se acorta. A los 40 años se desvanecerán consumidos por la silicosis. Con recuerdos de plata, alcohol de 96º y hojas de coca. Mientras, distintas voces de la ciudad, donde se desconoce lo que ocurre en el Cerro, hablan de mineros viviendo en la opulencia que conscientemente escogen su ocupación a costa de morir jóvenes. No creo que a aquel niño perforador que conocimos le preguntaran si prefería ir a la escuela o a la mina y dudo mucho que sea consciente del futuro que le espera. Simplemente trabaja hasta destrozar sus músculos púberes extrayendo el polvo brillante que le da y le quita la vida.

Hay noticias que vaticinan millones de toneladas de mineral todavía por extraer, dicen que el Cerro Rico es también milagroso, que los españoles no se lo llevaron todo. En cualquier caso, si el sistema de explotación se mantiene igual que hace cinco siglos, esta ciudad seguirá siendo un drama humano que agonizará lentamente como los mineros que la fundaron.

Written by Guzmán

Julio 5, 2008 a 3:47 pm

La Puna de Atacama

con un comentario

Si estuviéramos a finales del siglo XVIII este viaje discurriría en gran parte por el Virreinato del Río de la Plata, una entidad territorial declarada por la Corona Española que abarcaba los actuales territorios de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y el Sur de Brasil. Lo que la postre sería un baldío intento de unificación de Carlos III que empezó a desmoronarse 40 años más tarde con la Revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires y los sucesivos levantamientos a lo largo de la geografía del efímero Virreinato.

Dudo que en aquella época de decadencia colonial se tardara sólo 22 horas en recorrer los 1660km que separan Buenos Aires y San Salvador de Jujuy, capital de la provincia argentina más septentrional y fronteriza con Bolivia. Pero ni siquiera este pensamiento me libró de desesperarme en más de una ocasión a medida que atravesábamos el secarral de la llanura argentina en una eterna línea recta de asfalto. Y como semejante cantidad de kilómetros no se recorren en vano el contraste entre origen y destino estaba asegurado. Desde el moderno Buenos Aires con sus gentes de rasgos europeos por el gran flujo migratorio desde Italia y España hasta un Jujuy de fisonomía indígena como preludio de lo que más tarde me encontraría al cruzar la frontera con Bolivia. La cumbia comenzaba a sonar en cada esquina, los puestecillos de comida y ropa llenaban las aceras, soplaba un aire frío y cortante. Nos acercamos a los Andes. En días sucesivos conoceré la provicia de Jujuy con sus pueblos en las faldas de la Puna de Atacama, una meseta a más de 3500m de altitud. En Purmamarca (lengua Aimara “pueblo de la Tierra Virgen” y en quichua “pueblo del león”) y Tilcara (nombre correspondiente a la tribu preincaica que habitaba la región) cerros policromados y vertiginosas quebradas flanquean la amplia y árida llanura donde la vida resiste los embates de una naturaleza extrema. Los cactus gigantes están presentes en laderas y cimas como un ejército de soldaditos de plomo recortando el horizonte. Las llamas de pelo largo pastan en el fondos del valle sin inmutarse por las oscilaciones climáticas de soles ardientes, vientos helados y noches gélidas. En las ruinas de Pucara, un asentamiento prehispánico sobre un cerro que domina la inmensa llanura, me encuentro sobrecogido por la extremidad del paisaje y por la historia susurrante. En el centro del complejo una pirámide se erige en homenaje al pasado de aquellas gentes.

De entre las cenizas milenarias de un pueblo muerto

exhumaron las culturas aborígenes dando eco al silencio.

Hacia finales del siglo XVI la conquista de región del Tucumán era prioridad para Pizarro para lo cual dispuso un ejército de 600 españoles y 1500 peruanos que comandaría Almagro. Por aquel entonces el valle de Jujuy estaba habitado por tribus como los Paipayas, los Osas, los Ocloyas o los fieros Humahuacas. Mientras las ciudades de Salta, Tucumán y Santiago de Estero cayeron fácilmente, los Humahuacas se servían de las quebradas y las estrechas gargantas para defender su territorio. Se les llamó los señores del tránsito. No fue hasta 1593 cuando sus posiciones cayeron ante el numeroso y mejor armado ejército español. Como se recoge en escritos de la época la asimilación de la raza conquistada por la raza conquistadora no se había producido, las tribus seguían hablando el quichua y practicando rituales paganos.

Unos 100km más al norte está La Quiaca, población argentina fronteriza con Bolivia. Al otro lado, Villazón. Dos pueblos adyacentes, dos países distintos. Y al cruzar la línea imaginaria encontramos la Bolivia del Altiplano, de las mantas de colores y los sombreros negros de oveja, de las mujeres con polleras, enaguas y calcetas de vicuña, el país de la gente enjuta y parca en palabras, de las hojas de coca, de los rostros duros y las mejillas abiertas. En el periódico se recogen los resultados del último proceso secesionista, el de la región de Tarija. Y Evo Morales convoca un referendum de reafirmación política. De la convulsa Argentina a las turbulencias bolivianas. Todo es llano y estamos a 3400m sobre el nivel del mar.

Written by Guzmán

Junio 30, 2008 a 9:59 pm