Puzzles de Arena

Blog de relatos, viajes y fotografía

Archivo para Julio 2008

Transiciones

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Las paredes de nuestra nueva habitación en Santa Cruz están cubiertas por un gotelé montañoso y abrupto. Los desconchones de pintura en el techo, de forma premonitoria, recuerdan al mapa de Perú. Los autobuses de antesdeayer fueron particularmente largos, 29 horas de viaje, pero tampoco es para llevarse las manos a la cabeza. Hubo que cambiar dos veces de vehículo, esperar unas cuantas horas en diferentes paradas estratégicas, pasar dos noches durmiendo con el traqueteo de caminos de piedras, cruzar tres ríos en plataformas propulsadas por motoras y bajarse otras tantas veces para empujar el bus cuando no entraba la primera. La transición se convierte en rutina tras cinco semanas de viaje. Cada día que pasamos metidos en un autobús, aunque se convierta en odisea, resulta necesario para reflexionar sobre la etapa que se cierra. En infinitas horas de paisaje cambiante al otro lado de la ventana cada uno aprovecha el tiempo a su medida para la recolección de memorias perdidas. Con restos de impresiones y fragmentos de imágenes construimos la idea rudimentaria de un viaje, de un país. Algo abstracto, no académico, subjetivo y casi arbitrario aunque a la vez cierto para cada uno de nosotros. Porque como dijo en su día Gabo “La vida no es como uno la vive sino como uno la recuerda para contarla”.

Así contaré que de Potosí a Sucre apenas hay 200km y al menos cien años de distancia. Hacia la ciudad blanca llegaban los acaudalados magnates de la minería potosina para construir sus palacetes y mansiones. La riqueza permitió el desarrollo y afloraban los intelectuales. Desde allí se lanzó uno de los primeros gritos libertadores de América Latina y después de la independencia, Simón Bolívar otorgó la capitalidad a Sucre. Situada a medio camino entre el altiplano indígena de Potosí y la tropicalidad mestiza de Santa Cruz, esta ciudad tiene cierto carácter dual. Y como siempre ocurre, al aparecer el dinero lo hace simultáneamente la miseria. De la diferenciación surgen las barriadas marginales y la mendicidad en las plazas.

A los pocos días llegamos a La Paz capitalina encaramada a sus montañas y con las nieves perpetuas en la trastienda. Habíamos atravesado en la noche la diagonal del país y al amanecer llegábamos a un nuevo destino, con legañas y huesos molidos. Esta vez para poco tiempo. A las 24h estaríamos descendiendo La Carretera de La Muerte en bicicleta, un camino de cabras excavado en la roca desde 4800m hasta 1500m de altitud en 60km de bajada vertiginosa. En unas pocas horas atravesamos todas las zonas climáticas del país, desde la desoladora alta montaña andina al bosque tropical, desde los bajo cero a las sandalias y los pantalones cortos. Hasta que la carretera se cerró al transito de vehículos se registraban un mínimo de 100 muertes al año en este trayecto.

El destino final era el pueblo de Coroico donde se celebraba el festival folklórico más importante del calendario boliviano. El concierto de Los Kjarkas, nuestro grupo favorito de Bolivia, fue el plato fuerte del evento. Enfundados en sus ponchos de vicuña (a más de uno le debió salir un sarpullido), a golpe de zampoña y charango, levantaron al abarrotado público con sus cantos ancestrales en quechua y sus himnos de bolivianidad.

Desde Coroico, por valles nublados en un autobús que desafiaba barrancos con ruedas suspendidas en el vacío, nos plantamos en Rurrenabaque. De pronto el tiempo se estira en este enclave tropical y húmedo a orillas del río Beni, entre la pampa y las selvas de Madidi. En este pueblecillo de calles anchas y casas bajas la vida se hace en moto (con un máximo de cuatro pasajeros o tres+televisión de 30 pulgadas) y el centro de reuniones es el pub-karaoke Bananas. En este pintoresco lugar, con relieves de jaguares adornando las paredes y una bola de discoteca recuerdo de Fiebre del sábado noche, tuvimos la suerte de presenciar una interpretación de Bailar pegados que hubiera bastado para matar de dolor a Sergio Dalma y despertarlo de entre las tinieblas en busca de venganza. De tour por la pampa, quizás demasiado turístico y con claras similitudes a un campamento de verano, nos hartamos de ver aligatores y caimanes tomando el sol en los barros de las orillas y nos bañamos, en esas mismas aguas, rodeados por delfines rosados. Tras atardeceres que poco tenían que envidiar a los de la sabana africana recorrimos en barca la quietud del río para escuchar sapos y alumbrar a los ojos de reptil que nos observaban sumergidos en la oscuridad. De la posterior y demasiado breve incursión en las selvas de Madidi intuímos lo inhóspito y salvaje de un lugar poblado de lianas, árboles estranguladores y hormigas gigantes. Pasamos la noche en camas al aire libre con mosquiteras blancas oyendo el estruendoso concierto de los animales nocturnos. Quizás por la noche un jaguar merodeara por el campamento.

Ahí empieza y acaba la historia, con el autobús que tras más de un día entero de viaje nos depositaría, aturdidos y desubicados, en Santa Cruz. Mañana, de nuevo, cambiamos de paisaje. El tiempo que nos llevará es impredecible, pero en el fondo eso es lo que menos importa.

Escrito por Guzmán

Julio 23, 2008 a 12:28 am

Sal, tierra, hielo, plata

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Perdemos la noción del espacio al recorrer la inmensidad blanca del desierto de sal más grande del mundo, el Salar de Uyuni. Con sus 12,000 km² y sus 3,650m de altitud es un lugar surrealista, un punto extraterrestre en medio del altiplano. El antiguo mar interior que hace 40,000 años ocupaba la extensión del actual salar se fue progresivamente desecando por la subducción, lo que a la postre formó la cordillera andina. En lugar de sus aguas quedaron 64,000 millones de toneladas de sal de las cuales 25,000 toneladas son explotadas anualmente. Al amanecer el paisaje se tiñe de un azul pálido y homogéneo que impide diferenciar la tierra del cielo. Sólo las escasas montañas cincundantes permiten delimitar el horizonte y recuperar por unos momentos las dimensiones.

Desde Uyuni a Potosí discurre un camino polvoriento y pedregoso a través de lo más inhóspito de los Andes. Atrás queda la llanura blanca como un sueño, un espejismo en medio del desierto. Al borde del camino es común encontrarse con altarcitos que recuerdan accidentes pasados. Es difícil pensar que esta tartana de autobús recorra semejante camino de cabras sin despeñarse. Por eso a veces es mejor cerrar los ojos. Atravesamos discretas poblaciones compuestas por tres o cuatro casas de adobe que sobreviven con unas pocas llamas, cultivos de quinua y papas en lugares imposibles. Sucesión de tierras agrietadas y plantas sedientas de raices descubiertas. Se detiene el autobús en medio de la nada y se baja un hombre pequeño y arrugado que descarga un fardo gigante de la baca y se pierde entre el polvo. La roca va cambiando de tonalidad al avanzar, desde el blanco yeso al rojo oxidado. Como el pueblo boliviano. Diverso y dividido, castigado por el viento y por la historia. Gente silenciosa de mirada tristona e indescifrable. A veces resignados y melancólicos. Otras ajenos a una realidad al tiempo divisoria y convergente. Reina la incertidumbre en el país que sirvió de ejemplo al mundo cuando sus movimientos pro-indigenistas y anti-sistema se alzaron con el poder político. Hoy pintan bastos para aquellos.

Tras 6 horas (220km) llegamos a Potosí, la ciudad que más dió al mundo y la que menos tiene, con su Cerro Rico imponente y vergonzoso, símbolo del exceso y el declive de la ciudad que fue cegada por una codicia color plata. Potosí fue fundada el 1 de abril de 1545 por el capitán Juan de Villarroel tras el descubrimiento de una veta del preciado mineral en el cerro que los indígenas llamaban Sumaj Orkho. Los siglos XVI y XVII fueron los de la riqueza desmedida como cuenta Galeano:

Dicen que las herraduras de los caballos eran de plata [...]. De plata eran los altares y las alas de los querubines. En las procesiones del Corpus Christi de 1658 las calles fueron desempedradas[...] y totalmente cubiertas con barras de plata. [...] Convertidas en piñas y lingotes las entrañas de Cerro Rico alimentaron sustancialmente el desarrollo de Europa.

Como advierte Don Quijote a Sancho: “Vale un Potosí”. Una ciudad que en cien años aumentó hasta los 160,000 habitantes, la misma población del Londres de la época y mayor que Madrid, París o Roma. Como siempre, como ahora, había uno que cavaba y otro que recaudaba. La mita establecia como obligatorio para los campesinos indígenas el trabajo en la mina por 3 años sin apenas ver la luz del sol. Se traían cientos de esclavos africanos que morían por las penurias del viaje o, en cuestión de semanas, por los efectos de la altitud. Hasta el siglo XVIII, el principio del fin de Potosí:

Aquella sociedad potosina, enferma de ostentación y despilfarro, sólo dejó a Bolivia la vaga memoria de sus esplendores, las ruinas de sus iglesias, y palacios y ocho millones de cadáveres de indios.

La plata más accesible se había esfumado. Los mitayos emigraban lejos de la región por el miedo a ser reclutados. El cerro, 200m más bajo que dos siglos atrás, fue parcialmente abandonado con sus heridas abiertas en forma de advertencia a caminantes. Se creyó entonces que la escasez del mineral era un castigo divino por los abusos cometidos y un socavón abierto al pié del cerro fue considerado la entrada al infierno. Menos mal que vinieron San Bartolomé y San Ignacio de Loyola para cerrar la puerta del abismo y salvar a los potosinos. Los españoles traían la enfermedad y la medicina.

Hoy en día la realidad de la minería en Potosí es confusa. Siempre dependiente de las caprichosas fluctuaciones del mineral en el mercado ha vivido auges y declives pero nunca recuperó la actividad ni la riqueza de antaño. Las cifras hablan solas; de un 100% de la población dedicada a la minería en el siglo XVII hoy apenas se beneficia un 15%. De una población que rozó los 200,000 hoy quedan 135,000. En la década de los ´80 se produjo una de las crisis más recientes con el desplome del precio del mineral. La compañía nacional Comibol, que se hacía cargo de la explotación, llevó a cabo el despido de la totalidad de los mineros y Cerro Rico quedó en el dique seco. Hace pocos años pequeñas cooperativas reiniciaron la actividad minera con la extracción de concentrados de plomo, zinc, estaño y plata de los cuales sólo un 25% es útil. La producción y los beneficios de esas cooperativas se mantiene en secreto. Lo que es seguro es que aquellos que viven en la oscuridad arañan poca de la riqueza que extraen.

En las profundidades del cerro están los mineros persiguiendo vetas brillantes a través de simas, túneles inundados y pasadizos por los que a duras penas cabe un hombre. Muchos están lejos de cumplir los 18 en un mundo en el que la mayoría de edad se adelanta al tiempo que la esperanza de vida se acorta. A los 40 años se desvanecerán consumidos por la silicosis. Con recuerdos de plata, alcohol de 96º y hojas de coca. Mientras, distintas voces de la ciudad, donde se desconoce lo que ocurre en el Cerro, hablan de mineros viviendo en la opulencia que conscientemente escogen su ocupación a costa de morir jóvenes. No creo que a aquel niño perforador que conocimos le preguntaran si prefería ir a la escuela o a la mina y dudo mucho que sea consciente del futuro que le espera. Simplemente trabaja hasta destrozar sus músculos púberes extrayendo el polvo brillante que le da y le quita la vida.

Hay noticias que vaticinan millones de toneladas de mineral todavía por extraer, dicen que el Cerro Rico es también milagroso, que los españoles no se lo llevaron todo. En cualquier caso, si el sistema de explotación se mantiene igual que hace cinco siglos, esta ciudad seguirá siendo un drama humano que agonizará lentamente como los mineros que la fundaron.

Escrito por Guzmán

Julio 5, 2008 a 3:47 pm