Archivo para Septiembre 2008
El Imperio del Sol y la civilización sin nombre
En el lago Titicaca comenzamos el periplo por los lugares sagrados del Imperio Inca, por la tierra de los Apus, dioses de las montañas.
En el principio fue la tierra sin agua. Sobre esta tierra no se conocía la muerte, ni la ambición o el odio, porque los apus velaban por los seres humanos que habitaban el profundo valle. Sólo una cosa estaba prohibida: subir a las montañas donde se encontraba el Fuego Sagrado. Pero los espíritus malignos se las ingeniaron para sembrar la discordia e inducir a los habitantes de la tierra idílica a explorar las cimas. Cuando los hombres estaban llegando al Fuego Sagrado, los apus les salieron al paso encolerizados haciendo que todos los hombres fueran devorados
por miles de pumas de las montañas. Viendo la carnicería, Inti, el dios del Sol, se puso a llorar, y sus lágrimas fueron un diluvio durante cuarenta días y cuarenta noches. Sólo una pareja humana, flotando sobre una barca de junco, llegó a ver el sol de un nuevo día, y no daban crédito al vasto horizonte que cerraba su vista: el profundo valle era ahora un lago que se perdía en la distancia, y lo que antaño fueron cimas se habían transformado en islas. En medio de las aguas, los pumas se habían convertido en estatuas de piedra. Llamaron entonces a aquel lago el Titicaca, que significa “el lago de los pumas de piedra”. [El País Viajero, 17/06/2006]
En su centro aparece la roca de la Isla del Sol. Alrededor todo es agua y silencio, bajo un sol de constante mediodía, envuelto por un aire fino que corta el aliento. Rebaños de llamas y ovejas lanudas son conducidas ladera abajo por niños de apenas diez años. Mujeres de pollera recorren el camino empedrado con rebaños de burros cargados de agua. Montones de cebada se secan en el patio, unos pocos eucaliptus crecen desangelados junto la tapia, perros y chanchos descansan bajo su sombra. Abajo, en la playa, se oyen la olas del lago.
Mas allá, hacia el norte está el centro de las cosas. Cusco significa “ombligo del mundo” en quechua, allí donde Manco Ccapac construyó el Templo del Sol, el lugar donde confluían el mundo subterráneo (Uku Pacha), el mundo visible (Kay Pacha) y el mundo superior (Hanan Pacha). En la ciudad, de belleza colonial indudable, se echan de menos los restos de una civilización, los templos demolidos que sirvieron de
cimientos a las iglesias y catedrales. Sin embargo, en su aire andino y en la memoria colectiva, todavía se respiran los recuerdos de aquellos para los que la naturaleza era religión. Desde Cusco, por distintos caminos, se llega a la ciudad perdida de Machu Picchu. En apenas cinco días, atravesando las nieves perpétuas del Salkantay y el bosque semitropical de Churubamba, nos encontramos a la faldas de una de las 7 maravillas del mundo. Escondida entre las crestas de las montañas nubladas aparece casi por sorpresa. Machu Picchu intimida por el misterio de sus pobladores, por la enigmática evacuación de la ciudad, por los siglos que pasaron hasta su (re)descubrimiento o simplemente por razones puramente estéticas, por su atronadora belleza. A todas luces, un lugar mágico.
Tras la tediosa sucesión de curvas, subidas, bajadas y niños vomitando, el autobús se unió a la Panamericana. En una interminable línea recta cruzamos la costa desértica que precede a la capital del estado peruano. En el cielo, nubes grises inmóviles me recuerdan a días de estudio en el otoño inglés. Al fondo, el Océano Pacífico -ha tenido días mejores- lleva a la playa sucias olas con los desperdicios de la noche. Más tarde aparecerán aglomeradas las casas de teja descubierta y vigas de hormigón, ropa tendida en la azotea, anuncios de perfumes y refrescos. Lima, circunstancial y efímera, me llevaría a Colombia un día más tarde.
Cali es un revoltijo tropical de negritud y latinidad donde la salsa se entremezcla con la marimba y el currulao del litoral Pacífico. Los colombianos aparecen bailando con desinhibición y amabilidad constantes. De allí viajamos al Sur, a las selvas que todavía guardan en sus entrañas un conflicto
armado de cuatro décadas. En la caseta de madera al lado del camino la señora hace café y aguapanela con queso. En la pared encima de los fogones varias truchas para ahumar cuelgan de un cordel. Afuera ha comenzado a caer el diluvio universal y el agua suena como un xilófono al chocar desordenadamente contra el techo de zinc. Una niña escribe una copla de regalo en mi cuaderno. “Me puse a sembrar rosas donde el agua no corría, me puse a tener amores que a mi no me correspondían”. En San Agustín recorremos haciendas y caminos a caballo para ver las estatutuas de una civilización sin nombre que habitaba estas tierras hace más de 50 siglos. Su simbología muestra una estrecha conexión con la naturaleza; el sol, la luna, el agua, el jaguar o el oso son objeto de culto.
Llegamos a Tierradentro con los primeros claros de la tarde cuando la vegetación todavía se está escurriendo la tromba de mediodía. Nuestro hospedaje se recoge en torno a un pequeño patio central con columnas y puertas azul celeste. El jardín está lleno de latas oxidadas a modo de macetas. Al fondo están el lavadero, el horno de barro y la máquina de despupar café. Se escucha el río abajo del valle. Carmelita Medina y Secundino Narváez regentan el hostal desde hace 20 años con sus bien cumplidos ochentaytantos. Ella se desplaza por el patio con un vestido de flores y chanclas de plástico con calcetines mientras refunfuña por viejas manías de su marido. Al salir de la habitación me desea los buenos días y me ofrece un tintito, café endulzado con panela. “Además del hospedaje vivimos de unas maticas de café que tenemos al lado de la casa. Secundino lo lleva a vender al mercado de Inza los sábados por la mañana. Antes hay que despupar las semillas de café, lavarlo hasta que quede blanco y dejarlo secar. Se necesitan 3 o 4 días de buenos soles y que no hiele. Luego lo compran las compañías y se lo llevan a procesar”. Carmelita nos avisaría de la llegada del autobús la mañana de nuestra partida y nos despediría en la puerta. Ese día atravesamos el páramo nublado y el bosque montano con sus epífitos. Llegamos a Pasto. Una vez más, y aun sólo por una noche, llamamos casa a una habitación desconocida, echamos raíces tan efímeras como imprescindibles.
C’est la Bolivie: Notas de viaje
Retrospectivamente y ya desde Madrid recupero notas de viaje del país que hoy sale en las noticas por cosas muy diferentes.
A punto de que salga el autobús nocturno el conductor arregla con celo el parabrisas resquebrajado. Nuestro compañero de atrás nos da conversación un rato y luego se acuesta. “Voy a escuchar algo de música”, nos comenta. Cuando estamos preparados para dormir ritmos reggaetonianos a toda pastilla comienzan a sonar por detrás, nuestro amigo en efecto se había puesto a escuchar música pero en la radio que lleva colgada del cuello. En este país hay que deshacerse de las asociaciones de ideas occidentales, nada se puede dar por hecho aquí. Con el paso del tiempo la frase C´est la Bolivie se instauraría como lema de viaje.
Paseamos por una plaza de Potosi a mediodía. La vendedora de salteñas se para en la esquina con su carrito y su mandil. El hombre del zumo pasea en círculos con su exprimidor ambulante. Señores bien vestidos conversan en torno a un banco. De pronto una madre sienta a su bebe en el centro de la plaza y literalmente lo rocía por todos lados con maíz tostado. En pocos segundos el atónito bebe se encuentra cubierto de palomas revoloteando a su alrededor. La madre, desde una distancia prudencial y muerta de la risa, saca fotos para el album familiar.
Me acerco al kiosko y pido el periódico de tirada nacional. “Sólo tengo el de ayer”, me comenta la vendedora, “el de hoy llega por la tarde no más”. Noticias fresquitas al acabar el día, simplemente un significado distinto de la palabra actualidad. No más.
Llega la hora de comer. Entramos a un restaurante con manteles multicolor donde suena cumbia. Hoy nos vamos a dar el lujo, dejaremos el plato del dia (1euro) y comeremos a la carta. “¿Qué lleva la pizza vegetariana?” le pregunto a la camarera, que tras un rato pensando me responde: “lo siento señor, yo no sé, no soy la cocinera”. Tanto tiempo trabajando de camarero y nunca se me ocurrió esa excusa…
Vamos a la oficina de turismo y hablamos con Rolando, guía profesional de traje y corbata. “Desde Uyuni a Potosi el paisaje es pedregoso, árido, con poca vegetación”, le comento, “¿Cómo es de camino a Sucre?”. “Ah, sí, es distinto”, me responde. “Pero ¿cómo de distinto? ¿Es pura selva, hay pinguinos?” insisto. “Noooo, es muy distinto, distinto no más”. Así que con las ideas mucho más claras volvemos a salir. En la esquina paramos a un hombre para preguntarle por una calle. Su respuesta, mientras serpentea con la mano en dirección difusa, “ahicito no más”. Y al preguntarle por el tamaño de Potosí, “chiquitito no más”. Pero ya a estas alturas no me esperaba yo menos…Aunque siempre son preferibles las cuantificaciones imprecisas de los potosinos a las confusiones numéricas de los cruceños. Otro día, en otra oficina de información turística, Pablo pregunta cuántos habitantes tiene la ciudad Santa Cruz (no olvidemos que Bolivia entera tiene 10 millones). El pobre hombre, agobiado como un niño que no se sabe la lección, se aventura con una estimación al vuelo…seiscientos (se le ve que duda)…mil (venga, que vamos bien)…millones (!@#*&!).
Los limpiabotas se acercan tímidos a los viandantes. Un ejército no organizado de niños armados de cepillos y betún. Con un cabás de madera lleno de aparejos y un pequeño taburete corretean por la ciudad al grito de ¿le lustro?. Rondan los 12 años y nos cuentan que un programa municipal les proporcionó los utensilios para ejercer. Cobran 2 pesos bolivianos, al cambio 20 céntimos de euro. En tiempos de escuela trabajan por la tarde. Menos convencionales eran Cristina, Laura y Diego (8-10 años) que dedican las noches a vender pulseras afuera de los cafés de turistas en Sucre. Dicen que tienen que ayudar a su madre que está enferma y es viuda. Hacia la medianoche emprenderán la vuelta hacia las barriadas donde viven, un camino en la oscuridad que les llevará una hora. Un informe de las Naciones Unidas asegura que el gobierno boliviano, a pesar de suscribir varios tratados contra la explotación infantil, no los lleva a la práctica. El país andino ocupa el primer puesto en porcentaje de niños trabajadores (5-14 años) en todo el continente con un 22%. Se dicen que el trabajo infantil es al mismo tiempo causa y consecuencia de todas las pobrezas.
Y ahora la política. Parece que desde que abandonamos el Altiplano boliviano a orillas del Lago Titicaca la brecha se ha ido abriendo a un ritmo exponencial. Lo resumió muy bien Pablo en el artículo que publicó a raíz de nuestra visita al Departamento de Santa Cruz. La dicotomía de un país, de dos pueblos antagónicos y
divergentes. Una vez un historiador sugirió que la mejor solución para los problemas políticos internos sería la repartición de Bolivia entre los países vecinos. Me figuro que aquello era humor negro pero a día de hoy uno ya no sabe qué pensar.
Así fue la Bolivia que vivimos. Atemporal, peculiar, diversa. Y una pega. Me voy con la sensación de haberme perdido una parte esencial del país, los indígenas del altiplano con los que la comunicación resultaba a veces imposible. Reservados y esquivos parecen hablar de su terrible historia tan solo a través de esos ojos negros cargados de enigma.






