C’est la Bolivie: Notas de viaje
Retrospectivamente y ya desde Madrid recupero notas de viaje del país que hoy sale en las noticas por cosas muy diferentes.
A punto de que salga el autobús nocturno el conductor arregla con celo el parabrisas resquebrajado. Nuestro compañero de atrás nos da conversación un rato y luego se acuesta. “Voy a escuchar algo de música”, nos comenta. Cuando estamos preparados para dormir ritmos reggaetonianos a toda pastilla comienzan a sonar por detrás, nuestro amigo en efecto se había puesto a escuchar música pero en la radio que lleva colgada del cuello. En este país hay que deshacerse de las asociaciones de ideas occidentales, nada se puede dar por hecho aquí. Con el paso del tiempo la frase C´est la Bolivie se instauraría como lema de viaje.
Paseamos por una plaza de Potosi a mediodía. La vendedora de salteñas se para en la esquina con su carrito y su mandil. El hombre del zumo pasea en círculos con su exprimidor ambulante. Señores bien vestidos conversan en torno a un banco. De pronto una madre sienta a su bebe en el centro de la plaza y literalmente lo rocía por todos lados con maíz tostado. En pocos segundos el atónito bebe se encuentra cubierto de palomas revoloteando a su alrededor. La madre, desde una distancia prudencial y muerta de la risa, saca fotos para el album familiar.
Me acerco al kiosko y pido el periódico de tirada nacional. “Sólo tengo el de ayer”, me comenta la vendedora, “el de hoy llega por la tarde no más”. Noticias fresquitas al acabar el día, simplemente un significado distinto de la palabra actualidad. No más.
Llega la hora de comer. Entramos a un restaurante con manteles multicolor donde suena cumbia. Hoy nos vamos a dar el lujo, dejaremos el plato del dia (1euro) y comeremos a la carta. “¿Qué lleva la pizza vegetariana?” le pregunto a la camarera, que tras un rato pensando me responde: “lo siento señor, yo no sé, no soy la cocinera”. Tanto tiempo trabajando de camarero y nunca se me ocurrió esa excusa…
Vamos a la oficina de turismo y hablamos con Rolando, guía profesional de traje y corbata. “Desde Uyuni a Potosi el paisaje es pedregoso, árido, con poca vegetación”, le comento, “¿Cómo es de camino a Sucre?”. “Ah, sí, es distinto”, me responde. “Pero ¿cómo de distinto? ¿Es pura selva, hay pinguinos?” insisto. “Noooo, es muy distinto, distinto no más”. Así que con las ideas mucho más claras volvemos a salir. En la esquina paramos a un hombre para preguntarle por una calle. Su respuesta, mientras serpentea con la mano en dirección difusa, “ahicito no más”. Y al preguntarle por el tamaño de Potosí, “chiquitito no más”. Pero ya a estas alturas no me esperaba yo menos…Aunque siempre son preferibles las cuantificaciones imprecisas de los potosinos a las confusiones numéricas de los cruceños. Otro día, en otra oficina de información turística, Pablo pregunta cuántos habitantes tiene la ciudad Santa Cruz (no olvidemos que Bolivia entera tiene 10 millones). El pobre hombre, agobiado como un niño que no se sabe la lección, se aventura con una estimación al vuelo…seiscientos (se le ve que duda)…mil (venga, que vamos bien)…millones (!@#*&!).
Los limpiabotas se acercan tímidos a los viandantes. Un ejército no organizado de niños armados de cepillos y betún. Con un cabás de madera lleno de aparejos y un pequeño taburete corretean por la ciudad al grito de ¿le lustro?. Rondan los 12 años y nos cuentan que un programa municipal les proporcionó los utensilios para ejercer. Cobran 2 pesos bolivianos, al cambio 20 céntimos de euro. En tiempos de escuela trabajan por la tarde. Menos convencionales eran Cristina, Laura y Diego (8-10 años) que dedican las noches a vender pulseras afuera de los cafés de turistas en Sucre. Dicen que tienen que ayudar a su madre que está enferma y es viuda. Hacia la medianoche emprenderán la vuelta hacia las barriadas donde viven, un camino en la oscuridad que les llevará una hora. Un informe de las Naciones Unidas asegura que el gobierno boliviano, a pesar de suscribir varios tratados contra la explotación infantil, no los lleva a la práctica. El país andino ocupa el primer puesto en porcentaje de niños trabajadores (5-14 años) en todo el continente con un 22%. Se dicen que el trabajo infantil es al mismo tiempo causa y consecuencia de todas las pobrezas.
Y ahora la política. Parece que desde que abandonamos el Altiplano boliviano a orillas del Lago Titicaca la brecha se ha ido abriendo a un ritmo exponencial. Lo resumió muy bien Pablo en el artículo que publicó a raíz de nuestra visita al Departamento de Santa Cruz. La dicotomía de un país, de dos pueblos antagónicos y
divergentes. Una vez un historiador sugirió que la mejor solución para los problemas políticos internos sería la repartición de Bolivia entre los países vecinos. Me figuro que aquello era humor negro pero a día de hoy uno ya no sabe qué pensar.
Así fue la Bolivia que vivimos. Atemporal, peculiar, diversa. Y una pega. Me voy con la sensación de haberme perdido una parte esencial del país, los indígenas del altiplano con los que la comunicación resultaba a veces imposible. Reservados y esquivos parecen hablar de su terrible historia tan solo a través de esos ojos negros cargados de enigma.





