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El Cuaderno

con 7 comentarios

Ese cuaderno había nacido para la gloria. Al verlo en el escaparate de aquella librería supe que no se trataba de un cuaderno cualquiera. Todo estaba preparado para acoger una obra maestra: las firmes tapas grises, sus dimensiones reducidas y suficientes, su tacto amable, ese papel amarillento que recuerda a un pasado de tintero y luz de quinqué. Resultaba obvio para cualquier ojo que aquel cuaderno albergaría la prosa más exquisita, versos sobre las grandes cuestiones humanas, ensayos que arrojarían luz sobre los principales dilemas morales. Me apresuré a pagarlo (debo admitir que con cierta sorna por el reducido precio de tan valioso ejemplar) y salí de la librería con paso alegre. De camino a casa pensaba en lúcidas metáforas, elementos realistas, fantasías cotidianas, reflexiones, ironía, análisis, originalidad. Todo se encontraría combinado en la proporción adecuada. Las frases se vertebrarían con palabras en perfecto orden y concierto, encontrándose cada una en equilibrio con el resto, ocupando su lugar natural. Y con todo, se daría forma a un texto homogéneo, de verbalidad milimétrica y lectura reveladora. Sería un auténtico referente generacional.

En un ejercicio de previsión comencé a adelantar los trámites de publicación de la incipiente obra maestra. Ya que no me suelo mover por los círculos editoriales recurrí a una búsqueda en Google para encontrar el contacto de un agente. Concertamos una cita en el centro de Madrid y hablamos del texto que estaba a punto de nacer. Le hablé acerca de las palabras en perfecto orden y equilibrio, de las lúcidas metáforas, de las fantasías cotidianas y la verbalidad milimétrica. Quedó convencido y brindamos con el café de la tarde por nuestro acuerdo de publicación. La tirada inicial sería de 100,000 ejemplares. Eso para empezar, me dijo. No eran demasiados para mi gusto, quizás un par de millones hubiera sido un número más adecuado, quizás traducciones al inglés y al francés me hubieran parecido mas coherentes con la mayúscula trascendencia que se esperaba de la obra, pero acepté con la confianza de que el tiempo me daría la razón.

Con la burocracia resuelta me lancé a escribir con la inevitable sensación de llevar a cabo una misión superflua. La predisposición del cuaderno a hacer historia era tan clara que abordé la escritura con desenfado y seguridad, como el mero trámite del que se trataba. Pero desde que la primera palabra quedó grabada en el papel dejé de escuchar aquellos cantos de sirena. En dos meses, con el cuaderno cerca del final, no se atisbaba el menor indicio de perfección en ninguna de sus páginas. Me pasaba noches en vela preguntándome qué fallaba y sólo llegaba a una conclusión: El cuaderno, es el cuaderno. Aún así me inquietaba la posibilidad de haber procedido incorrectamente en alguna fase del camino que separaba al cuaderno de la gloria, debía encontrar el fallo logístico que me alejaba de su genialidad.

Pensé en utilizar como referencia la forma de abordar la escritura de los grandes literatos e identifiqué mi falta de elementos fetichistas como responsable del fracaso. A partir de ese momento, antes de retomar la escritura dedicaba un par de horas a un elaborado compendio de manías inspiradas por algunos de los mas influyentes escritores. Me aseguraba de cerrar con pestillo la puerta para evitar la irritante posibilidad de la interrupción, colocaba los lápices en orden creciente de tamaño y gradación ascendente de color para eliminar los elementos entrópicos de mi entorno, me vestía con traje y corbata para contribuir con una refinada apariencia a la elegancia del texto, escribía un máximo de 1000 palabras al día que contaba en voz alta al acabar, fumaba en pipa. Pero nada cambió, el cuaderno estaba aún más cerca del final y ni rastro de perfección.

Recordé que los grandes genios no sólo tienen costumbres irracionales sino que suelen ser personajes turbados. Así, me empecé a aislar de la sociedad y a perder conciencia de las normas sociales. Dejé de cortarme el pelo y afeitarme, me duchaba una vez al mes a regañadientes y normalmente motivado por quejas de los vecinos, me entregué a la contemplación de la miseria humana, a beber ginebra desde el desayuno y a vivir en un estado de semi-inconsciencia permanente por el consumo de marihuana. Pero nada de esto pareció ayudar al proceso creativo. Cada mañana de resaca y hastío era absolutamente incapaz de descifrar una mísera línea de lo escrito la noche anterior. Había conseguido acabar el cuaderno y desarrollar un principio de cirrosis. De la perfección no se sabía nada. A estas alturas la impaciencia de mi editor se multiplicaba y aumentaban sus inquisiciones. El cuaderno, es el cuaderno, me defendía.

Un día después de darle muchas vueltas decidí que la imitación de los grandes escritores tan sólo limitaba mi originalidad. Y una obra maestra debía ser ante todo original. Debía crear mi propia voz, mi propio estilo. Debía deshacerme de las constricciones de la escritura convencional. La primera idea que se me ocurrió fue rellenar los márgenes del cuaderno con más palabras. Creía en el elemento innovador de escribir en forma de cuadrado, un argumento que se cierra en el mismo punto que empezó. Pero no hubo cambio evidente. Traté también de escribir en los cantos. Palabras que se desmenuzarían al abrir el cuaderno y se recompondrían al cerrarlo. Pero tampoco pareció influir lo más mínimo en la calidad de los textos. Así, llegué a proponer otra alternativa: ocuparía el interlineado del cuaderno escribiendo de derecha a izquierda como los árabes, desafiando las leyes de lectura, llevando la mente a un nivel más allá. Desafortunadamente, la costosa interpretación posterior arrojó las mismas conclusiones que la escritura de toda la vida. Al final decidí que el lenguaje era el elemento ortodoxo que destruía la creatividad y, en un intento desesperado, comencé a sobrescribir aquellos pobres textos que ocupaban márgenes, cantos, líneas e interlineados con palabras en una lengua inventada. La fusión de lo antiguo y lo nuevo, pensaba, entre la vieja lengua castellana y una recién nacida sería revolucionario. Utilicé caracteres cirílicos y latinos, números indios, raíces del esperanto y terminaciones del sánscrito. Desquiciado y exhausto al término de semejante esfuerzo ni siquiera fui capaz de encontrar sentido a toda aquella amalgama emborronada de palabras incomprensibles. En este punto tuve que aceptar con resignación que el Olimpo de la literatura siguiera esperando.

Debo reconocer que aquellos meses fueron agotadores y aún me intento recuperar de las secuelas, pero si algo estaba claro era mi papel de víctima en aquel entuerto. Nadie podría negar que hubiera agotado todas las posibilidades existentes, todas las modalidades de escritura, convencionales y heterodoxas, hasta llegar a límites insospechados. Disponía de total autoridad para afirmar que aquel cuaderno era defectuoso. Con estas pruebas como argumentos demoledores sería sencillo justificar el retraso a mi editor y, aún más importante, la devolución del cuaderno a su vendedor. Sin embargo mi asombro sólo iría en aumento cuando el energúmeno de la librería se negó a devolverme el dinero por no hablar de la compensación que solicité en concepto de daños y perjuicios. Mientras me echaba de la tienda a base de insultos le intenté explicar la engañosa seducción de un cuaderno inmaculado que asegura lúcidas metáforas, reflexión e ironía en justa proporción, verbalidad milimétrica. Pero su reacción fue aún más violenta. Mi editor, que es un caballero mucho más educado, se hizo oír a través de su abogado que me presentaba una demanda por incumplimiento de contrato.

Rodeado de tanta intransigencia e injusticia me lancé a deambular bajo la lluvia de la ciudad, solo, sin cuaderno, sin editor, sin lugar en la historia de la literatura. En un momento decidí resguardarme bajo unos soportales y descubrí una antigua librería que no me era familiar. En su escaparate mostraban viejos volúmenes de Episodios Nacionales, la primera edición de La Celestina, un Quijote de bolsillo. Cuando iba a reemprender la marcha me pareció ver al fondo de la estantería un cuaderno fuera de lo normal, con tapas de negro satinado y un cristal de cuarzo incrustado en la portada. Me decidí a entrar. De la posterior inspección de sus páginas, de su tacto amable y de sus dimensiones reducidas pero suficientes extraje la inequívoca conclusión de que ese cuaderno había nacido para la gloria.

Escrito por Guzmán

enero 29, 2009 a 12:55 pm

Escrito en Relatos

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7 comentarios

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  1. ¡¡¡Qué bueno!!!
    Espero que lo vuelvas a intentar con “el nuevo cuaderno”.

    marisa

    febrero 3, 2009 a 7:05 pm

  2. Enorme.

    Odín Soler

    febrero 4, 2009 a 7:20 pm

  3. me encanta :-)

    maduixa

    febrero 5, 2009 a 11:44 am

  4. Muy bueno Guz.Prometo pasarme por aquí más a menudo!

    Adri

    febrero 8, 2009 a 10:13 pm

  5. llevaba mucho retraso! supongo que ya llevarás por lo menos 4 cuadernos pero no desesperes vas por buen camino!!
    muy bueno!

    yop_viajero

    marzo 21, 2009 a 6:11 pm

  6. [...] tarde cuando un día, en un lugar de Madrid, te sientes en casa. Entonces tocó volver a escribir ficciones con más inventiva que un relato de viajes (por mucho que esto tenga un componente subjetivo [...]

  7. [...] cuando un día, en un lugar de Madrid, te sientes en casa. Entonces tocó volver a escribir ficciones con más inventiva que un relato de viajes (por mucho que esto tenga un componente subjetivo [...]


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