Puzzles de Arena

Blog de relatos, viajes y fotografía

El descampado

con un comentario

El descampado es un sujeto olvidado, un elemento que pasa desapercibido en la geografía urbana, condenado por su dualidad a estar siempre en medio como el jueves. Qué historia más triste la suya.

Se presenta ante nosotros con vocación de ser algo que no es. Sin saber bien si se trata de un espacio de campo venido a menos, un fragmento de ciudad que dejó de serlo, o algo intermedio, en una fase de permanente transición.

En una primera aproximación al descampado nos llama la atención su parecido lejano al campo de toda la vida pero intuimos que no lo es. Hay basura, latas de cocacola, rodadas de camiones, algún electrodoméstico viejo, en fin, una suerte de desprópositos. Las plantas que encontramos (pajitas, arbusto, cardillo bajo) están sucias y parecen cuerpos inertes. Por tanto, sin miedo al desatino, concluimos que de campo no se trata. Entonces nos preguntamos si será acaso ciudad. Ese terrenito baldío entre fincas, esas explanadas de tierra entre centros comerciales. Pero por desgracia, tras una breve inspección desechamos la idea. Encontramos los restos de algún intento no fructífero de edificación  pero nada es habitable, no hay mobiliario público que destrozar cuando gana nuestro equipo la Copa ni se cataloga dentro de los espacios verdes urbanos. Pudo haber sido ciudad anteriormente pero ya no lo es. Qué se le va a hacer. Aunque debe precisarse que por alguno de estos descampados sobre los que ahora discutimos, particularmente aquellos con localizaciones céntricas, se han librado batallas de alto nivel entre constructoras, especuladores desalmados y políticos de baja calaña. Pero la lucha no se libra por el descampado en sí, es más bien su potencialidad lo que atrae. Nadie aprecia el descampado como el espacio inclasificable que es en el presente. Tal vez sólo los niños que juegan al fútbol por la tarde (ya no se juega a las chapas como antaño). Aunque ellos poco influyen en los círculos de poder. Quizás aquellos amantes furtivos que habitan la noche. Pero estos nunca reconocerían sus oscuras preferencias.

Dicho todo esto nos habremos percatado de la difícil existencia de los descampados. Parece que nadie los quiere como son. Y ya bastante tienen ellos con su síndrome bipolar. Sin embargo, esta historia tiene final feliz, se puede llevar al cine. Los habitantes de la ciudad nos hemos acostumbrado tanto al descampado que en el fondo lo queremos. No es un amor explícito en su conjunto sino que se delata tímidamente con los hechos. Es un amor esquivo, de adolescente, pero existe. Véase el ejemplo de una familia española de las de toda la vida, los García pongamos, que se disponen a disfrutar de la jornada dominical en el campo (el de verdad, no confundamos). Desesperados por huir de la ciudad cada fin de semana, pero también en cierto modo añorantes, se hacen acompañar de una considerable parafernalia de cachivaches, y en un mayúsculo ejercicio de urbanización, convierten el campo, transitoriamente, en ciudad. Apréciese la ironía del asunto. Salimos al campo, pero ese caos agreste de árboles y ríos y naturaleza incontrolada nos provoca desasosiego. Ahí tenemos pues a los García con siete sillas plegables, un par de mesas camilla, cantidades ingentes de tarteras con tortilla de patatas, ensalada campera y filetes empanados, el termo del café, una discreta televisión portátil, sombrillas por si acaso sale el sol, una carpa de plástico por si acaso llueve, un par de neveras cargadas de refrescos para los niños y cerveza para los mayores, el abuelo en camiseta de tirantes, el transistor del abuelo en camiseta de tirantes, el canario. Tras disponer todo en su orden específico aquello ya va teniendo mejor pinta. El día transcurre amablemente entre la comilona y la posterior siesta hasta que llega el momento de volver. De manera inversa a lo sucedido anteriormente se guardan en la furgoneta los archiperres, siempre teniendo cuidado de meter al abuelo en último lugar que sino se aplasta. Quedan detrás los restos de la edificación dominical. Bolsas de basura, el aceite de la ensalada, alguna servilleta que se voló, los parches de hierba arrancada por la sobrina que es un poco nerviosa ella, o los que quemó su hermano con el zippo del abuelo, las marcas a navaja de amor adolescente en la corteza del pino, algún plato de plástico, un pañal. El campo que fue convertido en ciudad, a su abandono, queda como descampado. Este es nuestro pequeño homenaje.

Defendamos la esencia única y la singularidad del descampado. Cuando la ciudad nos estresa y nos hace sentir diminutos, como hormigas anónimas. Cuando el campo nos resulta demasiado salvaje y precisamos algún elemento de civilización en medio de aquel caos. Ahí está el descampado. Ocupando un lugar necesario e imprescindible.

Escrito por Guzmán

Marzo 19, 2009 a 8:28 pm

Una respuesta

Suscríbete a los comentarios mediante RSS.

  1. estás hecho un burgués!! de verás crees que los descampados no tienen una función vital en las ciudades??

    que falta de mundo, qué harían algunos sin ellos!!

    yop_viajero

    Marzo 21, 2009 a 6:19 pm


Escribe un comentario