Archivo para febrero 2011
Una historia de té con pastas
Michael visitaba la casa con asiduidad, a media tarde, después de haber cerrado la tienda de casas de muñecas y justo antes de la clase de adiestramiento canino. Solía entrar enérgicamente por la puerta canturreando saludos, repartiendo besos y exagerados cumplidos a las niñas. Oh darling, you look so stunningly beatiful today. Pronto la tetera estaría silbando en la cocina y comenzaría la tertulia sobre la actualidad del countryside inglés. Michael, con sus setenta y pico años a la espalda pertenecía a otra época, a la Inglaterra señorial de mediados de siglo con sus estrictas convenciones sociales y su té de las cinco. Un tiempo en el que Michael también era nombre de mujer.
A mediados del siglo XX regentar una tienda de casas de muñecas era una noble ocupación que proporcionaba entretenimiento a las féminas de alta alcurnia. Desde pequeñas, las mujercitas uniformadas de los internados habían sido instruidas en las ocupaciones adecuadas para su género. Una debe ser culta y buena conversadora, cuidar el acento y los modales, disfrutar de la lectura y las labores de costura, tocar un instrumento musical. Las casas de muñecas eran quizás el más ocioso de los menesteres permitidos. Durante años, las niñas que luego mujeres que luego ancianas harían acopio de toda clase de archiperres para la decoración de sus casitas, llegando a dedicar habitaciones enteras a sus mundos en miniatura.
Dolls Houses and Toys Ltd. estaba situado en el mercado londinense de Covent Garden. Allí conoció a John, un chico de clase alta con una particularidad muy notable: era un apasionado del modelismo ferroviario. Él, al igual que Michael, había hecho carrera de su afición y tenía una tienda llamada ChoopChoop Ltd. donde vendía maquetas a escala milimétrica de las estaciones de tren más famosas de Inglaterra. Sus clientes eran exclusivamente hombres de mediana edad y generalmente solteros a los que se conocía, en cierto tono despectivo, como los anorakies (equivalente de la época para denominar a los frikis).
Michael y John se casaron por fin tras un largo idilio y ocuparon una gran casa victoriana a las afueras de Londres que pertenecía a la adinerada familia de él. Cada día Michael viajaría hasta el centro de Londres para ocuparse de sus clientas. John, en cambio, solía cerrar regularmente la tienda durante semanas enteras para tomar medidas de las estaciones que luego modelizaría. A su retorno se recluía durante días con sus maquetas en el sótano. Aquel era su cuarto de juegos, con un suelo completamente cubierto de vías, puentes, bosques, estaciones. Y trenes que se cruzaban en todas las direcciones pero nunca chocaban. Porque todo estaba diseñado al detalle. Obsesivamente.
La convivencia era agradable y a pesar de la tendencia al enclaustramiento de su marido, de vez en cuando Michael conseguía que le acompañara a sus diversas ocupaciones de señorita. El adiestramiento canino, las clases de canto, los concursos de mermeladas y conservas, la equitación. Aunque ella sospechaba que John, realmente sólo pensaba en sus trenes. Para él no había más.
Michael solía disfrutar de estancias cortas en Francia donde recibía clases de cocina y de francés, algo que John nunca llegó a aprobar porque sentía como su mujer lo abandonaba y desatendía las labores de la casa. En sus ausencias, John se pasaba los días en el sótano apenas comiendo de alguna lata que encontraba en la despensa y construyendo maquetas compulsivamente. Al volver Michael a la casa, él emergía del subsuelo delgado y bilioso, con una expresión de niño compungido. Había vestido la misma ropa durante días y la casa, falta de ventilación, olía a una mezcla de ácido láctico y cola de carpintero. Al principio, Michael conseguía revivir a su marido de sus estados lacónicos a base de kidney pies y coq au vin. Pero hubo un día en el que John no volvió y se quedó viviendo en uno de los trenes que circulaban alrededor de la habitación.
Apenas hablaba con su esposa, sólo las palabras estrictamente necesarias en sus breves visitas a la superficie en busca de alimento. Con John en el sótano (llevaba meses sin abrir la tienda) y en estado catatónico, Michael buscaba cualquier excusa para escapar a su refugio de Francia. Aunque era consciente de que, a su retorno, siempre aguardaban sorpresas. A modo de castigo, John había comenzado a extender sus maquetas desde el sótano al resto de las habitaciones de la casa aprovechando los viajes de su esposa. Primero fue la cocina con una réplica de la estación londinense de Kings Cross Saint Pancras de la que salían dos líneas de tren que rodeaban la estancia al completo. Unos meses después las vías ferroviarias se extendieron a través del hall hasta el salón principal donde construyó la flamante estación de Liverpool Street. Michael asistía con asombro y resignación al comportamiento de su marido pero aún se veía con fuerzas para intentar, sin éxito, que su vida volviera a la normalidad. Al tiempo, John desarrolló unas sofisticadas instalaciones a lo largo de la escalera que permitieron al sistema de trenes colonizar el piso de arriba. La batalla del matrimonio se comenzó a librar en el cuarto de juegos de Michael donde trenes circulando en todas direcciones arrinconaban sus preciosas casas de muñecas. Aquello era una broma de mal gusto y la idea de la separación comenzó a rondar en su cabeza. La réplica de la estación de Edimburgo y los trenes eléctricos de última generación se inaugurarían un año más tarde en la sala de música. No sólo era imposible vivir con un tarado sino que la propia casa era prácticamente inhabitable. No había estancia donde el suelo no estuviera cubierto de vías y trenes. Excepto el dormitorio principal.
El desenlace ocurrió a la vuelta de su último viaje cuando Michael encontró que su marido había perforado la pared del dormitorio para dar paso a uno de sus trenes a través del armario vestidor y alrededor de la cama. Se cuenta que en aquel momento, la correctísima dama inglesa se olvidó por completo de sus exquisitos modales y entró en una cólera irreversible. John fue abandonado a su suerte en aquella casa victoriana donde, según mis fuentes, sigue viviendo a día de hoy rodeado de trenes y sin apenas contacto con la sociedad. Michael, por su parte, se recuperó de lo sucedido y se dedicó por unos años más a su tienda de Covent Garden. Al llegar la vejez se trasladó a un pequeño cottage al noroeste de Londres, desordenado y polvoriento, que sirve como vivienda y tienda a la vez. A través del translúcido cristal del escaparate se pueden ver todavía sus delicadas casas de muñecas recordando tiempos mejores para ocupaciones tan nobles. Un negocio que se extingue poco a poco al tiempo que sus clientas, de pelo cano y blusa de flores, van desapareciendo.
Mucho, mucho ruido…
…tanto ruido y al final llegó el final. Que decía Sabina.
Entro en wordpress, nombre de usuario y contraseña. Nuevo post. Escribo el título y dos frases. Abro una nueva pestaña. Cntrl+T. Veo (que no leo) un periódico, un blog. Y vuelvo a escribir una frase más.
Cada vez más a menudo funcionamos así. A saltos, a golpes. ¿A cuántas cosas de internet dedicamos atención exclusiva durante un día?. Abro Spotify y pongo una paylist de 101 canciones de las que escucharé como mucho 10. Sigo con esto, ¿por dónde iba?. Con lo de la atención exclusiva… me pregunto cuántas personas se leerán esta entrada de cabo a rabo, cuántas leerán el título y el final, cuántas harán las pausas en los puntos y a parte.
Un mundo distraído se titulaba el análisis de Babelia que salió hace un par de semanas. Hablaba del riesgo que corre, por la tendencia a la multitarea en internet, el pensamiento lineal y profundo. Algo de lo que dependen la creatividad, la memoria a largo plazo e incluso las emociones. A pesar de ser cada vez más eficientes procesando información, cuando no hay lugar para la reflexión nos convertimos en seres cada vez más deshumanizados. Al menos eso dice Nicholas Carr. Parece inevitable que nos saturemos de tanta información y no podamos digerir las cosas que ocurren, ni abarcar una pequeña parte de lo que se hace y se dice en la red, y, al menos en ocasiones, se genere cierta frustración, algo de insatisfacción. No deja de ser paradójico que la nueva desinformación llegue a través de un exceso de información.
Cambio de Ryan Adams a Bon Iver, pasando por Ray Lamontagne. Música de domingo. Hay un exceso de información inabarcable pero quizás podamos aprender a filtrar, a combinar la multitarea con la concentración, quizás no esté todo perdido. Como recomiendan las organizaciones de consumidores antes las rebajas, tengamos claro lo que vamos a comprar, y el propósito de la compra. Abro Gmail, Facebook, Hotmail, ElPais, el email del trabajo. Como hace unos minutos. Sabiendo que no va a haber nada nuevo, consciente del sinsentido pero rendido a la adicción de la inmediatez. La reconozco. Hay días en los que las horas vuelan delante del ordenador sin aparente motivo. Pero también hay días más lúcidos, cuando aprovechas unas pocas cosas buenas. Y ves bailando a Nelson Mandela con su sonrisa de reconciliación con el mundo, una charla inspiradora, a un hombre llorar por la revolución en Egipto, a Gene Kelly chapoteando en los charcos. Entonces te rehumanizas y comprendes que entre tanto, tanto ruido también suena la música.
(vídeo “La paradoja de la elección”)





