Archivo para marzo 13th, 2011
Una casa en Madrid
La casa se despierta con calma. Abro las ventanas, enciendo el calentador. En la calle pasan los coches, los vecinos madrugadores, los repartidores. En la cocina suena el agua hirviendo para el té. Salgo a la corrala y al fondo está Mariluz, como una rosa a pesar de los años, tendiendo la ropa. Huele a limpio. Me pregunta que qué tal, que si ya me voy para el pueblo, que se está muy bien por allí. Yo le respondo que sí, que se está más tranquilo y se va andando a todas partes, no como aquí. La misma conversación de siempre, la misma del primer día. Nunca he sabido por qué pueblo me pregunta. De la puerta contigua sale Emilia y mira hacia arriba buscando el trozo de cielo entre las casas. Ella es costurera y siempre se ofrece a hacernos algún remiendo que necesitemos. También me cuida a la planta del zaguán; la mete en la ducha, limpia las hojas, la empapa y espera pacientemente a que se harte de agua. Ella cree que tengo buena mano con las plantas y, acercándose un poco, me dice en voz baja: ¿Tu hablas con ellas, verdad? Yo le digo que si, que claro. Ella asiente con una sonrisa satisfecha: Ya lo sabía yo.
Salgo al balcón y miro en dirección a la calle Toledo buscando con la mirada la frutería. Está cerrada. Oigo voces en árabe conversando al lado de la carnicería musulmana. Vuelvo para dentro, a la atemporalidad de un salón sin ventanas. Ajeno a estaciones, a tardes nubladas, a días de sol. En el bar de la esquina hacen café de toda la vida con churros. A la izquierda de la barra, donde se sientan los habituales, hay una placa homenaje a “El Pichi”, el último organillero de Madrid. Hacia la izquierda del portal está el almacén de vinos con sus barriles en la pared. Tienen buenas conservas, caldo y quesos. En la calle de al lado hay una botería donde todavía fabrican botas de vino a la antigua usanza, de piel de cabra con recubrimiento de pez. También hay odres y pieles curtidas. Un poco más abajo, en la taberna que hace esquina, tienen cocido los domingos que sirven en las tres mesas cubiertas con hule de cuadros.
Llevamos dos años y pico viviendo por aquí. Rehaciendo la casa, escondiendo las pinturas de vírgenes al óleo y los muebles laqueados de estilo inglés que nuestro casero se empeña en conservar. Inventariados están hasta los ceniceros, así que no podemos hacer mucho. Pero no nos va mal. En verano tenemos un balcón con plantas y una hamaca que va de un lado a otro de la habitación. Los inviernos son fríos pero permiten disfrutar de uno de los placeres olvidados en la era de la calefacción central: el de tener frío y arroparse. La casa tiene carácter, está ligeramente inclinada hacia el sur y se mueve en esa dirección milimetro a milímetro cada año, como una falla. Así que las puertas y ventanas rozan por un lado y por el otro van dejando entrar al aire de fuera. Buena ventilación, oiga. Por aquí pasan amigos y familia regularmente. Se les ofrece té y vino. También hacemos alguna que otra cena, incluso algún aventurado asado en el minúsculo horno eléctrico. Los platos estrella son la tortilla de patatas, la quiche de bacon y cebolla, el curry de pollo. Nos gustan las espinacas y el pan con aceite y tomate. En fin, que nos defendemos a pesar de ir a la compra de pascuas a ramos. Ah, y los tuppers de madre y tía, bendita tradición de este país, completan la dieta de los inquilinos.
Así andamos. Después de todo, no somos más que otros dos que añadir a la larga lista de los que vivieron esta casa desde que se construyó en 1889. Les mandamos un saludo a todos.
(Hay fotos de mi hermano Pablo y mías)

















