Archivo para agosto 2011
¿Una foto más?
Hoy viendo un corto sobre fotoperiodismo de guerra que me mandó el Viajero Austral, me he acordado de algo (lejanamente) relacionado. Hace unos años envié esta foto a un par de amigos para pedirles su opinión. Transcribo literalmente la conversación que tuvimos en aquel momento.
TEXTO DEL EMAIL:
Hice esta foto en la India. Uno de los chicos que viajaba con nosotros me lo recriminó porque le parecía gore y morboso. Yo le dije que sólo la usaría para transmitir la realidad de la foto en forma de denuncia y me sonó un poco a cuento. Ahora es una foto más de las 1600 fotos que hice en el viaje. Si una foto de este tipo no sirve para “cambiar conciencias”, se puede sostener sólo por criterios artísticos?
Es una duda que tengo…
RESPUESTA 1:
He aprovechado tu pregunta para hacerla en la oficina y…. se ha abierto un bonito debate
Están toooodas las posturas representadas, así que yo te doy la mía: depende de tu intención al hacer la foto; si la hiciste solo porque “jo! cómo mola este contraste, esa composición, ahi con el cartel de Internet detrás…” o porque creías que esa foto la tenían que ver tus colegas. Si lo hiciste por arte, estás cosificando a ese señor. Si lo hiciste ‘para contarlo’ también lo cosificas – no nos engañemos – pero menos.
Si eso luego sale en un periódico o solo lo ven tus 30 amigos en Flickr, es lo de menos. Creo.
RESPUESTA 2:
¿Y cuál es la diferencia entre esta foto y cualquier otra de las que has hecho de otra gente en la India? O en cualquier otro sitio? ¿es sólo cuestión de kilos? ¿Estaría menos “cosificado” el señor fotografiado si estuviera gordo, o llevara una vestimenta tradicional, que también produciría su buen contraste? ¿qué buscamos cuando hacemos fotos de gente? no creo que siempre sea para denunciar algo, ni creo que la denuncia de ese algo sea la excusa para cualquier foto.
A este respecto es aleccionadora la historia del fotógrafo Kevin Carter, ganador de un Pulitzer en 1994, que se suicidó un par de meses después de recibido el premio entre otras cosas, al parecer, por “culpa” de la foto.
En fin, creo que tu pregunta y tu duda existencial tienen tantas respuestas como gente preguntada. Y también creo que mientras no te dediques a torturar a nadie para luego hacer fotos de sus heridas y vender esas fotos, si sólo haces fotos de lo que ves, de lo que existe lo fotografíes tú o no, la cosa no es grave y estoy de acuerdo en que lo de menos es la difusión. Si encima sirven para algo bueno, mejor que mejor.
Sería magnífico pensar que gracias a las fotos se podría cambiar el mundo (sería magnífico que pasara), pero me temo que no es así.
Alguna memoria reseñable
Estamos de Vac-acciones
Hola,
Hoy hubieras disfrutado de Madrid.
Tenía que pasar algo así después de la carga policial de ayer. Como siempre sucede, como pasó con lo de Plaza de Cataluña, a uno le hierve la sangre al ver la brutalidad de un ataque indiscriminado. “Vosotros ponéis la violencia, nosotros la inteligencia” decía un cartel. Así que nos hemos reunido en Atocha. Salimos a la calle de la misma manera que, durante todos estos años, nos quedábamos en casa. Con total naturalidad. Una vez que estábamos unos cuantos hemos cambiado la acera por el asfalto. Ha llegado el señor de los carteles, ya sabes quién te digo, y ya había adaptado los de PAZ. Ahora ponía “Pan, no porras” en referencia a lo de ayer. Este hombre está a la última.
Hemos ido subiendo por el paseo del Prado. Con nuestros cánticos de siempre. Lo llaman democracia y no lo es, que no nos representan, la voz del pueblo no es ilegal, el de la lucha sigue cueste lo que cueste y ese que tiene ritmillo de palmas, el de vuestra crisis no la pagamos. Cada vez éramos más y, al llegar a Cibeles, he girado la cabeza de puntillas y no he conseguido ver dónde acababa la gente. En el cielo, un atardecer de esos con los que la meseta nos compensa por no tener mar. Según subíamos por el paseo de la Castellana iba pensando en lo impresionante que es todo esto. Me acordaba de los primeros días, de cómo se pasó de la tímida protesta al clamor. Pensaba en las asambleas, las de barrio, las de Sol, en cómo hemos reaprendido la democracia del respeto y la comunicación. Ya se que a veces nos cabrea la dinámica lenta, la capitalización del debate por algún sector dominante, las propuestas destructivas. Pero la esencia es tan bella y tan primaria. Sentarse a hablar, llegar a un entendimiento. No me quiero ir por las ramas. Te escribía para contarte cómo ha sido el día de hoy porque se que te hubiera gustado estar en Madrid. Y un poco de morriña seguro que te habrá entrado.
Queríamos llegar al Ministerio del Interior donde fueron las agresiones de ayer. Así que hemos pasado Colón y nos hemos plantado delante del edificio, completamente cercado por furgones. Vergüenza, no tenemos miedo, cantábamos. Y una nueva: Estos son los veranos de la Villa. Se ha guardado un minuto de silencio, de esos con las manos agitándose en el aire. Es espectacular ver a miles de personas en absoluto silencio. De pronto, la gente se para y la ciudad se comienza a oír. Sirenas, motor de coches, viento en los árboles. Y nosotros serios, estáticos. Hasta que se vuelve a romper con un estruendo de aplausos y silbidos. Como el grito silencioso en la jornada de reflexión, ¿te acuerdas?.
Nos vamos a Sol, que ya va siendo hora. Llevamos muchos días sin estar por allí. Además, corren noticias de que los de la acampada policial se han desorganizado un poco, dicen que no les va mucho lo del asamblearismo. Por arriba nos vigila el helicóptero, como todos los días. Tacatacatacataca. Nosotros seguimos por el asfalto. La noche ha entrado de lleno y las calles están de ese color anaranjado de las farolas. A la mitad de Alcalá pasamos a un par de municipales que simplemente miran. Parece que la marcha avanza sin problemas. Ya vemos el oso y el madroño a lo lejos, lleno de gente subida haciendo fotos. Y seguimos andando hasta que entramos en nuestra plaza con aplausos y vítores. La gente sonríe mientras levanta las manos. A mi se me humedecen un poco los ojos, con estas cosas no puedo aguantarme.
Como ves, en Madrid esta noche ha salido el Sol.
Un beso,
Guzmán
PD: Te mando algunas fotos para facilitar el trabajo a la imaginación.
El verano y la deuda soberana
Este verano es de los raros. Hoy sube la prima de riesgo, la especulación asedia nuestra deuda por razones que unos no entienden y otros no explican, cierran centros sanitarios, volvemos a las calles y todavía hay gente que se pregunta por qué.
La noticia es que en agosto hay noticias y me imagino las redacciones de los periódicos trabajando a destajo con una plantilla mermada y becarios en prácticas cubriendo estos tiempos inquietantes con sus 300 euros al mes. Recuerdo cuando todo era diferente. Leer el periódico en verano, en los veranos de antes, era un ejercicio insustancial y relajado. Como comerse un polo de limón, que no alimenta pero refresca. Uno podía comenzar por la contraportada, a veces igual de irrelevante que la propia portada, y sumerjirse en una columna de Vicent sobre el Mediterráneo o en las ensoñaciones de Millás y luego pasar a una entrevista distendida a, pongamos, un cocinero o un músico. A partir de ahí se mantenía el nivel de ni fú ni fá cuando pasabas de puntillas por la sección de cotilleos y las tan insulsas noticias futbolísticas (también llamadas deportivas). Desde ahí el camino era fácil recorriendo la crítica de un concierto, de una exposición, hasta encontrarse con las noticias locales, que dependiendo de tu destino de veraneo podían ser total o absolutamente prescindibles. Para llegar a la política se pasaban sin mirar las páginas de economía, tan preciadas en otro tiempo para cubrir el suelo de la cocina cuando se freían croquetas, hasta encontrar a nuestros queridos dirigentes pasando unos días en la costa con gesto relajado y sin corbata. Omitiendo deliberadamente la parte de internacional (las guerras, esas que creemos tan lejos, no descansan en verano) se acababa el diario. Y te quedabas igual. Había pasado la mañana, esa parte del día que en vacaciones se suele ver acortada en favor de la noche, y ya quedaba menos para comida y siesta. En los veranos de antes Madrid quedaba desierta de noticias y sus esforzados habitantes se relajaban al verse liberados de la tensión capitalina. Cuando en sus noches cálidas se congregaban en alguna terraza del centro, se hablaba de los que no pegan ojo por el calor ó de los que disfrutan del aplatanamiento tumbados sin apenas ropa encima de las sábanas, de ir al pueblo o a la playa, sobre el cuándo y el cómo, nunca del por qué. De todo esto se hablaba, de nada en suma.
Ahora toca encontrarse en las plazas mientras las caras de la gente comienzan a desencajarse de estupor ante los acontecimientos. Lo de dormir o no por el calor, lo del pueblo y la playa, hace siglos que quedó relegado a un segundo plano.
Aunque hay cosas que siguen sucediendo como siempre en este verano raro de 2011. Las agencias de calificación no pudieron evitar que los niños tomaran granizados en las terrazas y se fueran más tarde a la cama, que la luz del mediodía se colara por las rendijas de las persianas y cada cual en su casa esperara en la penumbra, sin demasiados excesos y con movimientos lentos, a que llegara la noche para buscar algo de brisa por las calles. Ni Alemania ni el Banco Central Europeo consiguieron que las chicas no salieran a la calle con vestido y sandalias, que se vean más estrellas fugaces, que se llenen las piscinas de los pueblos. No pudo el FMI evitar que el campo amarillee ni que un año más los vencejos comiencen a volar hacia latitudes más cálidas. Todavía hay conciertos al aire libre, cielos limpios de nubes, horchata. Todo eso queda, pero nos falta algo esencial: aquella sensación de indolencia y apatía estival, de dejarse enfrascar en novelas o conversaciones interminables y olvidar que hay un mundo allá fuera. Y en su lugar aparece un impulso de acción, una inquietud irremediable que nos lleva a salir y a gritar.
No hay descanso en este verano de 2011. Pero este nos lo devuelven, que les quede claro.

























