Archivo para la categoría "fotografía"
Ir a ver el otoño
Mis tíos lo llaman ir a ver el otoño. Como si el otoño fuera un primo del pueblo y al que se va visitar porque casi no se deja ver por la capital. En realidad, razón no les falta. En Madrid, el otoño llega a ráfagas; algunos días se le siente en el viento que se levanta por las tardes, en la tarde que se hace noche de repente, en alguna gabardina que se deja ver por las calles, pero no es una cosa homogénea, que afecte a todo ni a todos. En el pueblo entra por el norte y se asienta sobre los valles, cubre las lomas doradas y flanquea el río en fila de a uno. Sube por las calles empedradas, pasea entre los soportales y se cuela en cada casa por el quicio de la puerta. Cuando llega el otoño se sabe en la espadaña de la iglesia, en la fuente de la plaza, los saben las grajillas y el perro del pastor. Los campos le saludan con moras al borde del camino, con suelos cubiertos de castañas y hojas secas, con níscalos asomando entre la hierba de las vaguadas más umbrías.

Para presenciar el espectáculo, en un día específico del calendario, siempre variable de un año a otro, ha de viajarse hasta Brihuega en la provincia de Guadalajara. La fecha debe ser cuidadosamente elegida para que el otoño esté en pleno apogeo, más pronto nos encontraríamos con los árboles verdes y el sustrato sediento del verano, más tarde sólo quedarían ramas sin hojas y un paisaje escarchado, esperando silenciosamente el invierno sin nada que perder.
Una vez allí se puede visitar al agricultor apostado en la esquina de la calle mayor y hacer acopio de kilos de hortalizas que saben a otra época. En las calles laterales se puede comprar miel y queso, una hogaza de leña, algún embutido. Una vez en la plaza es recomendable sentarse en los escalones, subir la nariz hacia el sol de mediodía y recargar un poco de luz mientras pensamos que el invierno será largo. Los balcones de la izquierda todavía tendrán geranios hermosos. Un viejecillo con bastón nos advertirá de que la farola no está fija y se balancea con el viento. La señora del mandil y las alpargatas saldrá a lavar unos cachivaches metálicos en la fuente un poco antes de la hora de la comida. Al acabar, haremos la digestión con la panorámica del valle. Detrás de nosotros, unos jubilados echarán la tarde conversando en la colina con las mejores vistas.

De vuelta hacia Madrid, veremos las riberas amarillas corriendo al lado del coche, los campos de cultivo, un pueblo encaramado en lo alto de una loma. El sol se irá poniendo al pasar Guadalajara y, avanzando por la Nacional-2, encontraremos la noche y Madrid al mismo tiempo. Ese día dormiremos a pierna suelta y se agradecerá una manta de más. A eso, mis tíos lo llaman ir a ver el otoño.

Marruecos
Tras un breve paseo por el vecino del sur queda alguna memoria reseñable…

El fotógrafo
En la habitación hay libros hasta el techo, cachivaches variopintos apilados en la esquina y restos de lo que en su día fue un laboratorio de fotografía. En aquel tiempo no tan lejano, tan sólo la luz roja de un flexo permitía distinguir los contornos de las cosas, los grises de las imágenes apareciendo en el revelador. Al final de jornadas maratonianas con olor a vinagre se acabarían lavando las fotos en la ducha y secándose toda la noche sobre un papel de filtro. Ahora que lo digital se lleva más y son pocos los que se molestan en andar con oscuridades, la pantalla de 20 pulgadas sobre la mesa hace las veces de laboratorio. Sentado en la silla, el fotógrafo juguetea con luces y enfoques a golpe de ratón, como antes hacía con la ampliadora y los líquidos. Para hacer lo mismo de siempre: coleccionar memorias. Con la misma sutileza de antaño y renovados medios, el Viajero Austral ha vuelto con un nuevo blog para seguir mirando a través de su ojo más afilado. Habrá que seguirlo de cerca.


Verano
Rostros de la India
Yorkshire Dales
∞ Son escasos. Los domingos soleados en Yorkshire son tan infrecuentes como perfectos. Nadie los espera, la gente no reserva el domingo para tomarse el vermú, ir de cañas o pasear por el Retiro. Suelen transcurrir despacio bajo el espeso manto gris que forma un contínuo desde el principio hasta final del día. Por eso, sólo los ingleses comprenden la genialidad de un domingo con sol y sólo ellos saben como comerse esos días únicos hasta el mismo tuétano. La mañana empieza con incredulidad y casi nadie se atreve a pisar la calle por miedo a que el sol se apague nada más salir. Poco a poco, a medida que avanzan las horas se van desenvolviendo de entre sus mantas y con cierto temor salen de la madriguera con los ojos diminutos por tantas noches sin día. La confirmación de que no hay ni una nube en el cielo y que éste sigue siendo azul, desata todas los instintos latentes. Entonces llega el revuelo, las llamadas y los planes. Los más se irán a Hyde Park en sandalias y con su barbacoa al hombro. Al día siguiente la hierba estará parcheada de rectágulos con olor a salchicha. Algunos con suerte nos montaremos en el coche de camino a los Yorkshire Dales. Una vez allí pasaremos el día entre prados salpicados de ovejas lanudas y bosques de coníferas y abedules. Desde una loma veremos el atardecer. En el pueblo más cercano comeremos un Sunday Roast con una pinta de bitter para calentar los huesos y seguir resistiendo los embates del invierno. Al día siguiente volverá la niebla, el calor del sofá y la taza de té.
∞ Sunny Sundays in Yorkshire. They are rare. Maybe that is why they are usually perfect. Do not plan anything in advance, it will probably be grey and miserable from beginning to end. Above us we will just see a continuum of clouds, just another day. Maybe it will rain. But sometimes it changes, and then only the locals realise how magical these days are and only they know how to make the very best of them. The day begins bright and shiny, but people remain calmed, expectant, afraid of the clouds coming back the very moment you step out the door. Sometime, someone decides to venture it outside and confirms that indeed the sky is still blue up there. Then it is time for excitement, phone calls and quick plans. Some hundreds on their flip-flops will take over Hyde Park well equipped with their disposable barbaqueues which will result in tens of sausage-smelling burnt grass patches. We will jump on the car and drive far away where the city ends. It is the Yorkshire Dales. Once there, we will walk along green fields spotted by sheep or across dark pine and birch forests. We will see the sunset from a hill although I prefer to look at their bright faces smiling at the sun on its way down. Only the locals understand this feeling. At the country pub in the nearby village we will get our strength back with a pint of bitter and a Sunday roast. Tomorrow it will be grey again. Back to reality.
Historias mínimas



Un solo disparo
Uno de los lujos de nuestra generación es haber cambiado de moneda y de siglo sin suficiente tiempo de convivencia para añorar su desaparición. Y sin embargo nuestros recuerdos, todos ellos bastante recientes, están cubiertos por una pátina de insólita antigüedad cuando nos referimos a las pesetas y al siglo XX: El primer número de National Geographic en español salió en octubre de 1997 al precio de 250 pesetas. La revista llegó a mi casa por correo ya que mi padre me había regalado la suscripción. A partir de entonces los primeros de mes eran fechas para esperar. Me fascinaba la textura satinada de las fotos, el olor a recién impreso, el sonido de las páginas al ser despegadas por primera vez. Por desgracia, la devoción inicial fue diluyéndose con el tiempo y mi abandono acabó transformándose en una pila de ejemplares sin leer que se extendía en la vertical hasta alturas imposibles. Pero volviendo a los primeros años, todavía recuerdo como si fuera ayer un artículo sobre el fotógrafo de naturaleza Jim Brandenburg y su reto de hacer una sola foto al día durante 90 días en los bosques de Minessota (en el link ir a “gallery” y seleccionar”Chased by the light”). El resultado es un ejercicio de sobriedad y perfección. Algunas de las instantáneas fueron tomadas antes de salir el sol y otras juegan con los colores apagados de la noche cerrada. El primer caso muestra la elección a ciegas de una imagen frente a todas aquellas que esperan a lo largo del día, el sacrificio consciente de un futuro que deja de existir desde el momento en el que aprietas el disparador. El segundo muestra un compromiso con el descarte exhaustivo, una pupila que se mantiene impasible frente al bombardeo contínuo de imágenes y espera a aquella que sobresalga del resto. Me llevo acordando de James Brandenburg varias semanas desde que me regalaron la primera camera digital y me he vuelto loco a disparar sin sentido. Y es que es dificil resistirse a no hacer miles de fotos una vez superada la limitación que imponían el número de carretes o el coste del revelado y la fotografía se acaba convirtiendo en un ensayo de prueba y error con demasiados errores para apreciar los aciertos. Además me mosquea particularmente la dualidad de la fotografía digital. En el momento en que la selección no se realiza sobre el tema a retratar y se deja para un después indeterminado ocurre que la foto se ha dejado conscientemente incompleta, inevitablemente imperfecta. Y se queda bailando entre dos momentos, el de la toma y el de la selección/mejora, que por ahora encuentro incompatibles. Porque una foto puede ser simplemente un segundo, la decisión casi inconsciente de que esa pera en el frutero tiene un brillo especial. Pero ya no depende todo del click, el disparo ya no es irrevocable, y eso parece que le quita espontaneidad, algo de frescura. Nos convertimos en policías al otro extremo de la foto aplicando unas leyes que quizás en el momento de la toma no operaban. James Brandenburg nos enseña que cualquier foto es única en el momento irrepetible del disparo, que una imagen sólo se encuentra en la mínima fracción de tiempo donde pupila y paisaje reconocen su existencia.








