Historias mínimas



Compostura
El mantenimiento de la compostura implica una posición de prudencia ante las circunstancias, un comportamiento comedido, modesto y circunspecto.
El Gobierno de Euskadi busca anologías entre la independencia de Kosovo y un posible proceso de autodeterminación vasco. En similar línea argumentativa la izquierda abertzale compara con recurrencia el dilema vasco con el aplastamiento del pueblo palestino o la ausencia de derechos de los refugiados saharauis. Pueblos hermanados por la represion, dicen. Y manteniendo la compostura me pregunto, de qué esquizofrénico universo paralelo provienen estas afirmaciones, en la reflexión de qué espejo se deforma la realidad hasta hacer lo cóncavo convexo. Pero la compostura de los receptores, la corrección política, la hipocresía de la moderación hacen que los mensajes de demagogia flagrante y simplicidad abrasiva apenas se diferencien de los enunciados con una mínima consistencia. Si la comparación entre Kosovo y el País Vasco se trata como un argumento más, como un simple ejercicion de libertad de expresión (bendita ella!) desde el mismo seno de la opresión y la ausencia de capacidad crítica, si al contemplar esta asociación insultante no hay gritos en el cielo, portazos, estómagos revueltos, desmayos y complicaciones coronarias será entonces aceptado en el razonamiento colectivo como algo dentro de la normalidad. A partir de ese momento, lo venenoso es inocuo, la coherencia y la lógica dejan de estar al día. Y mientras, nuestra capacidad de asombro se subasta a precios cada vez más desorbitados; a un mínimo de diez muertos por accidente de coche o al menos una centena en aquellos atentados, lejos, al este del mundo conocido; a incongruencias de tamaños mastodónticos; a subidas del IPC. En esa subasta se extirpa la voz crítica, se atenúa la ira del engañado, se muere un poco para vivir mejor. Menos mal que en el presbiterio, donde todo se ve con claridad, los obispos nos enseñan a discernir entre el cielo y el infierno. Para un “bien mayor”, pase lo que pase, mantengamos la compostura.
Un solo disparo
Uno de los lujos de nuestra generación es haber cambiado de moneda y de siglo sin suficiente tiempo de convivencia para añorar su desaparición. Y sin embargo nuestros recuerdos, todos ellos bastante recientes, están cubiertos por una pátina de insólita antigüedad cuando nos referimos a las pesetas y al siglo XX: El primer número de National Geographic en español salió en octubre de 1997 al precio de 250 pesetas. La revista llegó a mi casa por correo ya que mi padre me había regalado la suscripción. A partir de entonces los primeros de mes eran fechas para esperar. Me fascinaba la textura satinada de las fotos, el olor a recién impreso, el sonido de las páginas al ser despegadas por primera vez. Por desgracia, la devoción inicial fue diluyéndose con el tiempo y mi abandono acabó transformándose en una pila de ejemplares sin leer que se extendía en la vertical hasta alturas imposibles. Pero volviendo a los primeros años, todavía recuerdo como si fuera ayer un artículo sobre el fotógrafo de naturaleza Jim Brandenburg y su reto de hacer una sola foto al día durante 90 días en los bosques de Minessota (en el link ir a “gallery” y seleccionar”Chased by the light”). El resultado es un ejercicio de sobriedad y perfección. Algunas de las instantáneas fueron tomadas antes de salir el sol y otras juegan con los colores apagados de la noche cerrada. El primer caso muestra la elección a ciegas de una imagen frente a todas aquellas que esperan a lo largo del día, el sacrificio consciente de un futuro que deja de existir desde el momento en el que aprietas el disparador. El segundo muestra un compromiso con el descarte exhaustivo, una pupila que se mantiene impasible frente al bombardeo contínuo de imágenes y espera a aquella que sobresalga del resto. Me llevo acordando de James Brandenburg varias semanas desde que me regalaron la primera camera digital y me he vuelto loco a disparar sin sentido. Y es que es dificil resistirse a no hacer miles de fotos una vez superada la limitación que imponían el número de carretes o el coste del revelado y la fotografía se acaba convirtiendo en un ensayo de prueba y error con demasiados errores para apreciar los aciertos. Además me mosquea particularmente la dualidad de la fotografía digital. En el momento en que la selección no se realiza sobre el tema a retratar y se deja para un después indeterminado ocurre que la foto se ha dejado conscientemente incompleta, inevitablemente imperfecta. Y se queda bailando entre dos momentos, el de la toma y el de la selección/mejora, que por ahora encuentro incompatibles. Porque una foto puede ser simplemente un segundo, la decisión casi inconsciente de que esa pera en el frutero tiene un brillo especial. Pero ya no depende todo del click, el disparo ya no es irrevocable, y eso parece que le quita espontaneidad, algo de frescura. Nos convertimos en policías al otro extremo de la foto aplicando unas leyes que quizás en el momento de la toma no operaban. James Brandenburg nos enseña que cualquier foto es única en el momento irrepetible del disparo, que una imagen sólo se encuentra en la mínima fracción de tiempo donde pupila y paisaje reconocen su existencia.
El servir y el ser servido
Buenas tardes señora, buenas tardes caballero. Permítame que le ayude a sentarse, ¿quiere que lleve su abrigo al guardarropa? ¿Les gustaría empezar con un vino blanco de Rueda o prefieren un tinto de Ribera de Duero? Tan solo indicarles que en la larga mesa central, bajo la bóveda de cristales, encontrarán un amplio surtido de entremeses ligeros para comenzar. Los segundos platos, tanto calientes como fríos, se encuentran en el salón de la izquierda. Para acabar les recomiendo que no se pierdan la selección de postres situados a su derecha. Yo seré su camarero esta tarde, bienvenidos.
Apenas amanece el primero de enero y abro los ojos con cierto malestar tras cuatro horas de sueño mal conciliado. Pantalón negro, camisa blanca y pajarita. En la calle me cruzo con los restos de la fiesta que tiritan bajo su presencia de elegancia trasnochada mientras buscan sin éxito un taxi por el Paseo del Prado. No encuentro ningún bar abierto, sin café y con legañas entro por la puerta de servicio del Hotel Palace. Bajo por las escaleras hacia las enormes catacumbas donde se encuentra la lavandería. Busco a la encargada entre las pilas de toallas almidonadas que me proporciona el uniforme tras un escueto saludo. Chaqueta americana de un negro envejecido, corta y descosida que no huele a lujo de cinco estrellas.
Me acerco a la mesa con la humildad del que sugiere frente al que decide. Mirada complaciente, mano plegada tras la espalda, movimientos suaves y decididos. No hay gestos en vano, no hay dubitaciones ni pasos en falso. Me dirijo a ellos sin estridencias, procurando no sobrepasar el límite de lo demasiado llamativo ni caer en la timidez extrema. En la aproximación a la mesa el cliente debe advertir mis movimientos, con naturalidad. No debe ser una sorpresa. Él ha de ser consciente de que mi labor es penetrar su espacio por su propio bienestar. En un par de aproximaciones el cliente y el camarero comprenden la necesaria cercanía.
La entrada de todos los camareros en el gran salón central se produce en torno a las diez de la mañana. El maître dirije a los nuevos hacia la labor que ocupará el resto de la mañana: la preparación de las mesas para la comida de año nuevo. Cubiertos de plata de ley bien pulidos en disposición cuadrangular alrededor del plato base metálico. Tenedor y cuchillo trinchero, tenedor y cuchillo de carne, tenedor y cuchillo de pescado, tenedor y cuchillo de postre. Cuchara de sopa, cuchara de postre. Copas de agua, vino y cava en orientación diagonal. Plato con barrita de pan blanco e integral. Centro de mesa con flor morada de apariencia orquideácea. Sillas cubiertas en fundas blancas con la insignia del hotel. Las cortinas que separan el salón de la entrada principal se abren con la vocación de un telón en un cine de los de antes. El pianista comienza a tocar. Aumenta el bullicio y el olor a perfume. Comienza la función.
Establecidas las bases del juego comienza el intercambio. Yo tengo pan, agua, vino, cava y cerveza. Ellos son autosuficientes con respecto a la comida pero la bebida es mi departamento. Al servir, sujetaré la botella con una servilleta por la parte inferior y terminaré con un sutil giro de muñeca para evitar que gotee en el mantel. En cuanto al vino procuraré que esté bien aireado antes de ofrecerlo y no apuraré las botellas hasta el final para descartar los posos. Advertiré el momento en que sus copas se vacíen, no tendrán que llamarme, ni siquiera un moviento de cabeza será necesario, ya se lo que el cliente quiere desde antes de que él se sentara en la mesa. Deben, eso sí, comunicarme los deseos que se alejen del patrón general. Me indicarán que su suegro ya ha bebido suficiente vino a pesar de la negativa del aludido. Me pedirán unas rodajas de limón para acompañar al agua. Deben especificar si la coca-cola es light o normal. Yo disfrutaré de las nuevas indicaciones como de la exploración de nuevos campos antes desconocidos. Si lo desean les tendré preparada una gran copa de brandy para el final de la comida. Más adelante podré ejercer de simple mensajero entre el cliente y el barman. Den rienda suelta a la imaginación, no hay cóctel que se nos escape. Yo secaré la mesa si su hijo derrama el agua, traeré nuevos cubiertos si caen accidentalmente al suelo, retiraré sus platos con restos de langosta y tartaletas saladas. Estoy aquí para servirle.
La alta alcurnia de los asistentes se percibe enseguida. Familias de trajeados miembros agrupados alrededor de un abuelo de gafas oscuras y bigote recortado, un alto cargo del régimen por ejemplo. La abuela, que ronda los 80, muestra dificultades al intentar sonreir con su cutis recurrentemente estirado y sus labios de trombonista. Los hijos parecen acostumbrados al nivel del evento, comen poco y se concentrar en sus videoconsolas portátiles. Sin embargo no todos parecen nacidos en este ambiente.También hay un padre divorciado con sus hijos veinteañeros dándose el lujo, intentando hacerles apreciar la delicada elaboración de cada entremés mientras ellos le explican que ayer bebieron whisky Dyc y están un poco revueltos.
La relación con el cliente es variada e impredecible. La posición inicial del camarero debe ser sobria, a escasa distancia de un decorado móvil. En este estado el sistema es estable y se prolongará sin esfuerzos hasta el final del intercambio. Debe ser el cliente quien provoque, a su parecer, una perturbación de las condiciones iniciales. Éste podrá gastar bromas sobre la tripa de su cuñado y la necesidad de una grúa para trasladarlo al término de la comida. El camarero deberá responder al guiño de complicidad siempre tratando de no ofender al aludido, brevemente esbozará una sonrisa sin abrir la boca mientras mira a un punto neutro, vease el centro floral, y enseguida formulará una pregunta de rutina para volver al intercambio establecido. ¿Tomará más vino la señora?.
Al acabar la comida se dirije a los comensales a los distintos salones habilitados para la sobremesa. El bar con sus paredes de caoba y sus retratos de la nobleza medieval albergará la prolongación de la tarde a golpe de gin-tonic. El salón de fumadores es uno de los resquicios decimonónicos de este lugar que sorprendentemente cobra significado en los tiempos post-ley antitabaco. Así, el restaurante se va vaciando mientras anochece al otro lado de la cúpula multicolor. El pianista para de tocar, se corren las cortinas.
Llegado el momento, y siempre a instancias del cliente, se solicitará la terminación formal del intercambio. La cuenta se firmará a modo de finiquito, las partes contractuales aceptan las condiciones. En este punto el cliente valorará la experiencia como positiva, neutra o negativa. La propina se empleará como indicador de satisfacción a excepción del último supuesto, que será expresado verbalmente por el cliente y será seguido por profusas disculpas del camarero y alguna más alta instancia en situaciones graves. Pero la satisfacción del cliente no reside enteramente en la aptitud del camarero, la dulzura de los postres o la acidez del vino. La cooperación de aquel que es servido será esencial para su disfrute, una mala predisposición hará supérfluo cualquier esfuerzo en el servicio.
El gran salón queda vacío, se acabó la pantomima. Sólo quedan los camareros como actores después de la función. Llega el momento de desmontar el decorado, levantar los faldones de las mesas para descubrir tablones de viejo contrachapado, quitar la cubierta de las sillas y dejar a la vista los desconchones en la madera. Mover el piano hacia el fondo del salón, traer los sofás y disponerlos en círculos concéntricos bajo la bóveda. Salir del escenario, devolver la chaqueta centenaria y quitarse la pajarita. Fin del espectáculo.

Otonio sin enie
A veces basta con una tarde soleada de vez en cuando.

Una bici sin frenos fue el inicio de mis excursiones por los campos de cultivo que circundan la casa de Zaira. De los 6 piñones, 3 saltan. Al cambiar a plato grande se sale la cadena. La rueda trasera está combada y roza periódicamente con el cuadro. Así me sentía como un vaquero cabalgando a lomos de un caballo herido de muerte, con cierto aire aventurero. Al menos esto pensaba mientras bajaba la colina desde Great Rissington hasta el río Windrush, casi sin pedalear, espantando a los faisanes que se reunen en los campos recién segados, cruzándome con alguna liebre despistada y viendo de lejos a los huidizos corzos desdibujarse entre la maleza. La subida fue menos amena por la rueda que dificultaba mucho el avance y la certeza de que mi huida no sería de las más rápidas de la historia en la eventual aparición de algún granjero malhumorado.


A veces, en octubre, es lo que pasa. Aunque estemos casi en enero.
Pasen sin llamar
Hoy nace un blog de dimensiones infinitesimales para ocupar un lugar en el concurrido hiperespacio. Un lugar con pretensión de posada para el viajero cibernético. Un punto de avituallamiento en su periplo por la red. Comparta con nosotros una frugal merienda compuesta por textos de fácil digestión y eventuales fotografías de temporada cuidadosamente seleccionadas para la ocasión. Para el postre, dulce o no, deje sus comentarios en el libro de visitas.
Prometemos que aún les quedará hambre para la cena.


