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Aquella noche mataron al cartero

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Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales.

Gabriel García Márquez, 1996.

Mirando a Colombia se ve a Latinoamérica en su conjunto, con su falta de concordia y sus conflictos enquistados, se ve la ausencia de identidad de un país, de un continente, que crearon desde arriba, desde fuera. Inestable, esquizofrénico, irreconciliable. Desde hace muchos años Colombia se rasga por las costuras de su fundación en una guerra eterna donde sólo hay dos bandos, los que cogen las armas y los que no. Guerrilla, paramilitares y ejército están en uno. En el otro, los muertos, los secuestrados; el pueblo. Han nacido nuevas generaciones dentro de La Violencia que nada saben de historia. Que no comprenden el porqué de todo esto. Y sólo saben disparar.

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Era una de esas tardes tropicales de sol tímido entre nubes de tormenta. Aquel era nuestro último día en Colombia después de haber viajado en dirección sur durante dos semanas desde Cali hasta la región más meridional y amazónica, el Putumayo. Paseamos por la Vereda de Tamabioy hasta que un hombre nos detiene con gesto sonriente al lado del camino lleno de charcos. ¿Les puedo hablar?. Aquella conversación fortuita dibujaría las sombras del país que abandonábamos.

El hombre de mediana edad y rostro moreno que teníamos ante nosotros era el sacerdote Campo Elías de la Cruz, un hombre modesto de fuertes convicciones sociales con una historia digna de ser contada. Todo comenzó cuando le pregunté sobre la situación en Colombia. Mal, muy mal, respondió. Y acto seguido comenzó con su relato.

Desde 1998 hasta 2001 el padre Campo estuvo destinado en Puerto Asís, en el Bajo Putumayo, una de las regiones más castigadas por el conflicto armado. Allí donde el enfrentamiento entre guerrilla y paramilitares alcanza cotas de violencia extrema. Y donde los ánimos de venganza se mezclan con un duelo constante por los muchos que se quedaron en el camino. En estas condiciones, un párroco -una persona por extensión- se convierte irremediablemente en actor del conflicto. La confesión, la misa de ocho y el sermón de los domingos adquieren una dimensión distinta cuando se ve a un pueblo desangrarse lentamente entre los bancos de la iglesia.

Al caer el sol las calles de Puerto Asís eran tierra de nadie. Los paramilitares barrían la noche con una violencia desmedida. Todo era un juego de revanchas y advertencias en forma de muertos. El padre Campo y otros dos párrocos solían dormir en el campanario, el único lugar que parecía seguro. La gente gritaba y pedía auxilio a la puerta de la iglesia. En ocasiones abrían el gran portón durante escasos segundos para servir de refugio a la huida. Pero siempre había que cerrar al instante dejando a muchos al desamparo en la oscuridad.

La situación fue empeorando. Los muertos crecían a diario y el inmovilismo -el silencio a cambio de la vida- hacía retorcerse por dentro a Campo Elías. Una noche más, unos muertos más, otro día de duelo. Y contando. Pero una noche que podía haber sido otra cualquiera, la venganza se cebó de lleno en los nada tienen que ver con las balas. Desde el campanario Campo Elías oyó como alguien gritaba su nombre en busca de ayuda. ¿Pero qué podía hacer yo?, sólo en la oscuridad. Se oyeron más tiros de lo normal, luego llegó la calma al amanecer.

Con las primeras luces el párroco acompañó a las familias a la morgue. Y encontró siete cadáveres de siete hombres del pueblo con nombres y apellidos. Siete cadáveres de siete civiles que nunca habían empuñado un arma disfrazados de guerrilleros de las FARC. Y tomó dos fotos dispuesto a denunciar, como nunca nadie había hecho antes. Ese sería el principio del fin de sus días en Puerto Asís.

Aquella fatídica noche los paramilitares habían matado al cartero, habían matado a campesinos, y en las noticias nacionales se proclamaba el éxito de haber acabado con siete guerrilleros en el Bajo Putumayo.

Sólo la rabia de los familiares pudo sacar a Campo Elías de la morgue aquella mañana. Al día siguiente, en la iglesia apareció un sobre que contenía un papel en blanco lleno de cruces. Nadie que hubiera recibido esa carta en el pasado estaba todavía en Puerto Asís para contarlo. Así reunió a todos los que le acompañaban para darles la opción de salir de allí antes de que sucediera lo inevitable. Pero pocos aceptaron.

El día del funeral llegaron todas las televisiones nacionales a llamada del párroco. Y con ellas también llegó el ejército. Desde el púlpito Campo Elías pronunció un discurso dirigido al presidente de la República, acusándolo directamente del asesinatos de siete hombres inocentes en Puerto Asís. Al término de la misa el ejército se desplegó por la iglesia. La tensión de los asistentes se quedó en resignación silenciosa. Un par de militares armados entraron en la sacristía y amenazaron de muerte al párroco.

En Colombia la sangre no significa nada. Y las amenazas nunca se quedan sólo en eso. A los pocos días del funeral, el padre Alcides se disponía a empezar la homilía de las seis en una iglesia cercana. A las seis y cuarto yacía muerto sobre el altar. Dos hombres en moto lo habían acribillado a balazos. El primer disparo atravesó el cáliz entre las manos del cura, los siguientes fueron certeros. Era un buen amigo del padre Campo. Una vez más, las amenazas se consumaban en hechos.

Luego llegó la Semana Santa con su duelo añadido. Puerto Asís entero se echó entonces a la calle en una Marcha del Silencio histórica en la que cada familia portaba cruces con los nombre de los desaparecidos. No hubo familia sin cruz aquella noche. Avanzaron lentamente y sin palabras hasta que el ejército llegó, una vez más, repartiendo orden y resignación. Durante unos minutos la muchedumbre se quedó en silencio, estática delante de los militares. Luego la tensión se diluyó en el miedo, la marcha se disolvió y cada uno se llevó a sus muertos de vuelta a casa.

Aunque Campo Elías se negó en varias ocasiones a abandonar Puerto Asís, después del asesinato del padre Alcides el obispado y la ONG Witness for Peace organizaron una delegación urgente para sacarlo de allí y llevarlo al exilio en Ecuador. Nadie se hizo responsable de aquellos crímenes, como tantos otros antes y después. Hoy en día la más absoluta impunidad sigue siendo el gran problema de Colombia.

En la actualidad el padre Campo, de vuelta en el Putumayo, trabaja en un proyecto de Manejo del Duelo, un intento de llevar dignidad a las familias de los desaparecidos del conflicto. Se les entrega un puñado de tierra tomada de las fosas comunes. Algo simbólico pero necesario para comenzar a construir la paz. Por lejana que esta parezca.